Por Jorge Traslosheros H. |

Quería escribir una columna sobre la Navidad; pero no me fue posible. Debo disculparme y, a su vez, explicar las razones de semejante sinrazón.

Como podrán imaginar, escribir una columna no es asunto de enchilar otra tortilla, como decía mi abuelita, siempre tan devota y alegre. ¡No señor! Es necesario hacer una investigación cotidiana. Cada día se recorre la prensa, con especial atención en los sucesos eclesiásticos. En tiempos recientes, algo digno de reconocerse, los católicos hemos empezado una auténtica revolución informativa intraeclesiástica, en distintos idiomas y diversas latitudes. Esto quiere decir que, los medios para informarse están a disposición de cualquier curioso, en especial si éste desea escribir una columna.

Además de analizar la cuantiosa información, tenemos un problema llamado Papa Francisco. Si ya Benedicto escribía más rápido de lo que cualquiera pudiera leer, Francisco genera más noticias que cualquier otro líder religioso en el mundo. Obvio, tiene que ver con que sea el obispo de Roma; pero también porque estamos ante un huracán que nos toma desprevenidos con regular cotidianidad. Cada día nos topamos con información relevante para cualquier lugar del mundo. Lo encontramos presente entre los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa, vía el Nuncio Apostólico y los arzobispos de Guerrero; en la curia vaticana donde anuncia el rumbo de su inminente reforma y, además, denuncia los quince pecados comunes a cualquier administración burocrática (me pueden visualizar hincado, rezando para que los políticos mexicanos lean y, más difícil, entiendan las palabras del Papa); también solidario entre los cristianos perseguidos por la brutalidad del terrorismo del Estado Islámico; o bien dejando sin palabras a los nostálgicos de la guerra fría en el Caribe.

Agregue usted a las anteriores dificultades, el nada pequeño problema de que soy un neófito del periodismo y siempre lo seré. Soy un simple historiador que se gana el pan enseñando historia, por lo que cada semana necesito sacarle tiempo al tiempo para escribir mi columna. Ocupación que me llena de gozo, ciertamente. El problema es que, advenedizo como soy, me falta instinto lo cual me obliga a discernir cuál será la nota más conveniente de comentar en la semana. Y como bien se sabe, pensar duele. Así, entre abundancia de información, escasez de tiempo y ausencia de oficio, el asunto se torna interesante, por decirlo a modo de ser indulgente conmigo mismo.

Pues bien, a las dificultades cotidianas, ahora debemos agregar los problemas generados por la Navidad. Mire usted, en estos días mi casa se transforma en el cuartel general de operaciones del ejército familiar. Una especie de portaviones, para explicarme mejor. Cada año, lo digo con gozo, la familia de mi mujer y la mía propia se descuelgan de diversas partes de la república y del extranjero para compartir en compañía del Niño Jesús. En estos días mi casa, que es la de usted, se transforma en un albergue de campaña. Si en las mañanas no se tiene suficiente cuidado al pasar por la sala, puede dejar manco de un pisotón a la prima Cuca o al tío Tobías, si no es que marcar de manera indeleble en el brazo del sobrino Matías. No sólo es menester ser sigilosos, sino también eficaces para alimentar a la tropa. Así, entre hacer desayunos, correr al supermercado para comprar el huevo y el jamón, tostar pan, calentar tortillas, platicar con el hermano Jerry de sus choco aventuras en el Amazonas, charlar con la sobrina Lechuza de sus estudios entre los animales músicos de Alemania y patear al perro para que no se coma las galletitas que acaban de hacer mis hijas, el asunto se torna difícil.

Por todo lo anterior, no me fue posible escribir mi columna de motivo navideño, cual era mi deseo. Por esta razón, pido la indulgencia del querido lector. No obstante, tenga la seguridad, rezo para que la alegría del Señor le acompañe estos días porque, como bien sabe, la Navidad sí tiene sentido. Significa que nosotros, tan llenos de humanidad, somos lo más importante para Dios.

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