Por Fernando Pascual |

Mi vida está bajo el influjo de dos corrientes. Una, la del mal, con su energía destructora, con su potencia de pecado. Otra, la del bien, con su firme y dulce capacidad de perdón y de limpieza.

La corriente del mal toca continuamente las puertas de mi corazón. Un escándalo, una imagen provocadora en la computadora, una insinuación a mentir para obtener alguna “ganancia”, una pereza que me impide tender la mano al amigo cuando más lo necesita…

Esa corriente turbia y negativa está alimentada por la fuerza de un mundo enemigo de Dios. El grito diabólico “non serviam” (no serviré) domina en miles de existencias y en estructuras dañinas que promueven y facilitan el vicio en formas obsesivas y degradantes.

La corriente del bien también llega sin cesar a mi alma. El testimonio de un conocido o de una persona lejana, la lectura de un pasaje de la Biblia, una voz constante en la conciencia que me invita a orar y a perdonar, un empuje interior que me saca de mí mismo y me introduce en el mundo maravilloso de la gracia.

Dos corrientes tocan continuamente mi existencia. Cada día percibo la fuerza de una y de otra. Hay momentos en los que sucumbo a las tentaciones del diablo y me acomodo a la terrible mentalidad de este mundo. En otros momentos triunfa la acción de Dios que perdona, que rescata, que abraza, que ama.

Estoy en medio de una lucha apocalíptica, que no es “contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas” (Ef 6,12).

No me desanimo, porque Dios está a mi lado. Suena dentro de mí la apremiante llamada a la lucha de san Pablo:

“Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes. ¡En pie!, pues; ceñida vuestra cintura con la Verdad y revestidos de la Justicia como coraza, calzados los pies con el Celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la Fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno. Tomad, también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios; siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos” (Ef 6,13‑18).