Por Juan GAITÁN |

Sin lugar a dudas, a lo largo de los años cada persona se encuentra con preguntas acuciantes que no es posible evitar: ¿para qué la vida?, ¿cuál es el sentido de la muerte?, ¿por qué existen el sufrimiento y el dolor?, ¿qué diferencia hay entre hacer el bien y hacer el mal si al «malo» le va mejor?

Los Libros sapienciales del Antiguo Testamento, recopilando la sabiduría popular del pueblo hebreo, abordan estas cuestiones frontalmente, valiéndose en primer lugar de los aprendizajes que la experiencia aporta. El profesor que me enseñó sobre esos textos sagrados, resumía a la clase el argumento de los sapienciales: «La vida no tiene sentido… ¡cada quien se lo da!»

En el Nuevo Testamento la pregunta por el sentido de la vida (¡y de la historia!) adquiere nuevas magnitudes, pues Jesucristo se nos presenta como la respuesta que no sólo tranquiliza la curiosidad, sino que llena de significado cada detalle de nuestra existencia.

Jesús de Nazaret, modelo para el creyente de aquello a lo que el hombre ha de aspirar para conseguir su completa felicidad, señala el camino: La vida es el encuentro con los demás a través de relaciones de amor, primero con Dios y después con el prójimo (ésta, por supuesto, es mi personal manera de traducirlo).

Por decirlo de otro modo: Para el creyente, el sentido de la vida está en Dios, en la construcción y participación de su Reino que nos ha sido entregado por el Hijo. Sólo así se nos pueden explicar las demás interrogantes.

Si nos cuestionamos como cristianos: ¿de dónde venimos? y ¿a dónde vamos?, la búsqueda nos conducirá una y otra vez a Dios. ¿Qué es lo que queda en medio? Si venimos del amor de Dios y al amor de Dios vamos, ¿la vida no debería encontrar su principio explicativo en vivir en el amor que se entrega?

Jesús planteó: «Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas [comida, bebida y vestido] se les darán por añadidura.» (Mt 6,33) Pienso que se trata de una pista muy importante. Esto no es sólo una misión, sino el camino para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (Cfr. Mt 10,10).

Preguntarse por el sentido de la vida significa también distinguir entre lo esencial y lo añadido. ¿Qué es lo principal de la vida que Dios nos ha otorgado?, ¿qué es secundario?, ¿no estamos confundiendo lo uno con lo otro?

De todo esto, que ya es bastante para reflexionar, me gusta darle vueltas a una conclusión que me parece evidente y que la sugiero ahora a modo de pregunta: ¿Cómo sería llevar la afirmación «el amor a Dios y al prójimo es el sentido de mi vida» hasta sus últimas consecuencias? ¿No debería tender a ello toda la existencia del cristiano?

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