Por Mónica Muñoz |

“Violencia engendra violencia”, reza un conocido dicho popular, que parece que se ha olvidado pues los acontecimientos que reportan los medios de comunicación definitivamente indican que el mundo cada vez está peor.

Las alarmantes noticias nos hablan constantemente de muertes y hechos pavorosos que desencadenan actos de venganza, pues los agraviados no quieren quedarse de brazos cruzados. Y no es nada nuevo observar estas reacciones de desquite, cada vez más sangrientas. No cabe duda que las personas se están deshumanizando día a día.

Hace poco  llamó mi atención una entrevista que un medio informativo realizó a Jean Meyer, reconocido historiador de origen francés radicado en México desde hace varios años, en la que acotaba un dato interesante: la violencia siempre ha existido pero la gran diferencia la ha marcado la droga. ¡Qué terrible verdad! Comentaba al respecto que ahora los delincuentes necesitan estar llenos de sustancias sicotrópicas para cometer sus fechorías, por eso son tan sádicos.

Tal aseveración me provoca sensaciones de inmenso horror, sobre todo porque nuestros niños están creciendo con la idea de que tales actos son normales. Tal parece que ya a nadie sorprende escuchar que a diario aparecen jóvenes ejecutados, en su mayoría hombres, que han decidido elegir el camino fácil. Y lo que menos se distingue, es que a la par de la indiferencia, el clima se va contaminando de violencia en todos los niveles. Ya no importa si es hombre o mujer, joven, niño o anciano. Vamos respondiendo de acuerdo a las circunstancias, y si de agresiones se trata, ya casi nadie teme responder de la misma manera.

Por eso es urgente que rescatemos en nuestros corazones los nobles sentimientos de paz y perdón, dos palabras tan trilladas por algunos grupos que se hacen llamar “defensores de los derechos humanos” pero que piden a gritos la eliminación de todos los seres que les estorban: niños en el vientre de sus madres, enfermos terminales, discapacitados, ancianos y todo aquél que no sirva ya, según el parecer de la vida moderna.

Se habla de que los valores se han perdido, lo cierto es que a muchos se les ha olvidado ponerlos en práctica, por eso es de vital importancia que hagamos lo que esté de nuestra parte para regenerar el tejido social que se ha descompuesto a base de revanchismos.  Creo que la tarea es ardua, sobre todo si los que estamos en contra de los actos violentos sufrimos la impotencia de vernos atacados en nuestras personas, familias y propiedades, sin embargo es la única manera de dar marcha atrás a esta deplorable situación.  Porque si cedemos a la tentación de responder a cada provocación, será el cuento de nunca acabar.

Es necesario que actuemos con valentía.  Porque se requiere de una gran dosis para perdonar a quien nos hace mal y otra tanta para desearle el bien.  Por eso no estamos solos. Todo a aquél que es creyente, sabe que de Dios le viene la gracia para responder bien con mal.    Pero como todas las virtudes, es necesario ponerlas en  práctica para que se vayan convirtiendo en un modo de vida.  Todo aquél que dice perdonar pero no olvida, difícilmente podrá vivir tranquilo, pues constantemente estará rumiando su malestar y rencor, logrando dañar su alma irremediablemente.

Por eso es indispensable que las familias inculquen en sus hijos la paz y la tolerancia, no sólo como moda, pues donde quiera se escucha hablar de ellas, sino como un manera de vivir a diario, aprendiendo a decir “lo siento”, “discúlpame” y lo más difícil: “perdóname”, porque quien lo ha experimentado, puede hablar del poder liberador de esa sencilla palabra que logra que el carácter más amargo se dulcifique y conmueva.

Y no se trata de humillarse sino de reconocer que se ha cometido un error. Por lo tanto, también es necesario entender que quien pide nuestro perdón, está haciendo un gran esfuerzo, por eso debemos ser generosos para otorgarlo y comprender al hermano que nos ha ofendido.

Sólo de este modo, podremos recuperar la tranquilidad y alejar la violencia de nuestras comunidades.  Roguemos a Dios que vuelva la paz a nuestras casas y familias y hagamos nuestra parte para que se haga realidad.