Por Felipe ARIZMENDI ESQUIVEL, Obispo de San Cristóbal de Las Casas |

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La Suprema Corte de Justicia de la Nación determinó algo que nos preocupa mucho y que no podemos dejar de comentar. Indicó: “La Ley de cualquier entidad federativa que, por un lado, considere que la finalidad del matrimonio es la procreación y/o que lo defina como el que se celebra entre un hombre y una mujer, es inconstitucional”. Se ordenó la publicación de esta jurisprudencia, que tendrá que ser acatada por todos los jueces del país y ser tomada en cuenta en todas las legislaciones locales.

Dicen los Ministros que definir el matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer, constituye una“enunciación discriminatoria en su mera expresión”, pues afirman que “bajo ninguna circunstancia se puede negar o restringir a nadie un derecho con base en su orientación sexual”.

Ante esta determinación, lo primero que debo decir es que una ley civil no puede cambiar la naturaleza humana; una decisión jurídica como la presente, no elimina la diferencia de sexos, en su sentido físico y psíquico. Los Ministros, con su visión legalista, quieren hacer a un lado lo que es obvio: un hombre no fecunda ni complementa a otro hombre, ni una mujer a otra mujer. Esto no es cuestión de religión, sino de configuración de la misma naturaleza humana.

Es verdad que a nadie se le puede prohibir cohabitar con quien quiera, del sexo que sea; a nadie se le puede impedir que conviva, incluso sexualmente, con quien sea de su misma  orientación sexual. Dios nos hizo libres, incluso para pecar, para destruirnos, para degradarnos. Debemos, por ello, respetar a todo mundo y a nadie discriminar, sea de la tendencia sexual que sea. Es pecado despreciar o condenar a alguien por la forma como vive su género; toda homofobia es reprobable. Pero eso de identificar lo que en todas las culturas se ha entendido por matrimonio, como la unión entre un hombre y una mujer, con cualquier otra cohabitación sexual, es tener una visión muy simplista, acomodaticia y legalista; es carecer de bases morales sólidas y permanentes; es querer cambiar la configuración sexuada de la humanidad. A esas cohabitaciones se les puede llamar como quieran, pero no es un matrimonio, como lo hemos entendido en todos los tiempos y en todas las culturas.

PENSAR

El apóstol Pablo tiene expresiones muy duras contra quienes, desde aquellos tiempos, desviaban el buen uso de su naturaleza: “Desde el cielo nos amenaza la indignación de Dios por todas las maldades e injusticias de aquellos que sofocan la verdad con el mal… Se perdieron en sus razonamientos y su conciencia cegada se convirtió en tinieblas… Por eso Dios dejó que fueran presa de pasiones vergonzosas: ahora sus mujeres cambian sus relaciones sexuales por relaciones contra la naturaleza. Los hombres, así mismo, dejan la relación natural con la mujer y se apasionan los unos por los otros; practican torpezas varones con varones, y así reciben en su propia persona el castigo merecido por su aberración. Ya que juzgaron inútil conocer a Dios, Dios a su vez los abandonó a los errores de su propio juicio, de tal modo que hacen absolutamente  todo lo que es malo” (Rom 1,18-28).

No faltará quien diga que recordar esto es una incitación a la homofobia y nos amenace con la ley que protege a quienes van por caminos distintos. Nada de eso. Una cosa es tener en cuenta la Palabra de Dios que nos señala la verdad y el bien, para quien quiera seguirla, y otra incitar a la violencia. Por otra parte, la ley civil nos protege también a los ministros de culto, pues “las asociaciones religiosas tendrán derecho a … propagar su doctrina” (Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, Artículo 9, III).

ACTUAR

Diga lo que diga la Suprema Corte, los cristianos tenemos un camino más seguro. Nosotros nos basamos, como criterio último, en lo que dice la Palabra de Dios. Si otros no la quieren seguir, los respetamos; pero los creyentes hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres. Nuestra moral y nuestros criterios no dependen del vaivén de los tiempos, sino que se asientan en lo que está inscrito por Dios en la misma conformación de los seres humanos: hay sólo hombres y mujeres, no hay otros sexos.