Por Jorge TRASLOSHEROS |

¿Por qué es importante Monseñor Romero? Sin duda fue un luchador notable por los derechos humanos, es decir, un héroe de nuestro tiempo. Su valentía fue excepcional y su calidad parece evidente a la razón, incluso prescindiendo de la religión que lo movía.

Por eso la ONU declaró el 24 de marzo, fecha de su asesinato, como el día internacional del derecho a la verdad sobre violaciones graves a los derechos humanos y por la dignidad de las víctimas. Los méritos de su vida y motivos de su muerte han tenido la fuerza para unir a creyentes y no creyentes en la causa común de una sociedad más humana, más justa, capaz de respetar la vida y dignidad de cada persona.

Sin embargo, esta forma de abordar su persona, con ser justa, es insuficiente. Para entender a cabalidad la importancia de Romero es necesario ponerse en la perspectiva de la fe y adentrarse en la grandeza del misterio que lo movía.

El programa pastoral de Romero podría decepcionar a más de un entusiasta. Bebió del Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia. Le inspiró el Concilio Vaticano II y las reuniones de los obispos latinoamericanos, siempre leídos desde el Magisterio de la Iglesia. No fue el afamado paladín de algún programa o ideología política, ni promotor, mucho menos vocero, de cierta corriente teológica como dejó bien claro Gustavo Gutiérrez, padre de la Teología de la Liberación. Fue amigo del Opus Dei, como de jesuitas, salesianos, franciscanos, del clero diocesano y de los fieles comunes de cada parroquia.

Es claro que su opción primera y más radical fue por la persona desde el primer momento, hasta la muerte natural, entendiendo que en cualquier situación es necesario respetar la dignidad humana. Comprendía con especial claridad cómo los pobres, vistos con los ojos de Dios y no por las doctrinas políticas, son quienes deben marcar el rumbo por ser los predilectos de Jesús.

Romero era simplemente un obispo católico, un humilde trabajador de la viña del Señor, quien dio la vida por sus amigos porque amaba entrañablemente a Jesús de Nazaret. Fue un obispo dispuesto en todo, para todos, como Jesús mandó que hicieran sus apóstoles. Era un pastor con olor a oveja y, llegado el momento, no huyó ante el ataque de los lobos. Entonces lo mataron. En esto radica su grandeza y por eso la Iglesia lo considera un mártir, un bendito a los ojos del Señor, y debo incluir aquí a mis hermanos de otros ritos católicos y confesiones protestantes quienes tanto lo quieren.

Como apuntamos, no es necesaria la fe para entender la importancia de la vida de Monseñor Romero y respetarla; pero hace falta para adentrarse, con reverente silencio, en su grandeza. Su martirio, como el de nuestros hermanos de Medio Oriente y África, construye la Iglesia y alimenta la esperanza que nos mueve.

El 6 de noviembre de 1977, durante una homilía, dio razones de su esperanza con elocuente serenidad. Pocos años después daría testimonio de sus palabras. Dijo: “Hermanos, ¡cómo quisiera yo grabar en el corazón de cada uno esta gran idea: el cristianismo no es un conjunto de verdades que hay que creer, de leyes que hay que cumplir, de prohibiciones! Así resulta muy repugnante. El cristianismo es una Persona que me amó tanto, que me reclama mi amor. El cristianismo es Cristo”.

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