Por Jorge TRASLOSHEROS |

Con frecuencia me preguntan por qué escribo en La Razón. La respuesta es muy sencilla: porque soy católico. Ahora que el periódico se adentra en su “tercer milenio” me dan ganas de compartir algunas reflexiones.

Un día como tantos llegué temprano a la UNAM, donde trabajo. Me topé en la recepción con un nuevo periódico llamado La Razón. Lo revisé y me gustó su frescura, algo muy atípico en la solemne y acartonada prensa mexicana. Observé que su director era Pablo Hiriart, periodista de mis admiraciones.

En un arrebato de locura, esa misma tarde le escribí. Le comenté cómo en la prensa internacional existían columnistas especializados en el tema religioso, menos en México. Le propuse, entonces, una columna entendida en la Iglesia Católica —concebida como catolicidad y no como clero solamente—, escrita por un profesor de la UNAM, católico, laico, simple ciudadano, sin mayor experiencia periodística, quien manifiesta su repudio por el faccionalismo al interior de la Iglesia, desconfía de los políticos y se siente feliz como simple parroquiano.

Mandé el correo y me reí de mí mismo. Era una locura. Un historiador sin experiencia periodística proponía una columna atípica en México, en donde la única forma en que un católico podía escribir sobre la Iglesia era metiéndole de patadas a la misma, con independencia de lo justificado de las razones (algo muy distinto a emitir opiniones en libertad); o bien restringiéndose a la limitada prensa eclesiástica. Y con respeto a los dos opciones, no estaba bien dispuesto con ninguna. Si había de escribir tendría que ser en un medio secular. Ni modo. Soy hijo del Concilio. Después, me he encontrado con otros laicos quienes también hacen su esfuerzo en provincia en medio de grandes dificultades que yo, aquí, jamás he tenido.

Para mi gran sorpresa, a los pocos días Pablo me respondió mostrando interés y me pidió comunicarme con Rubén Cortés. Seguí sus instrucciones. Del otro lado del teléfono me respondió un cubano más mexicano que el mole poblano. Me explicó, con claridad, el formato de mi columna y su periodicidad. No hubo más condiciones. El profesionalismo debía ser el vehículo de nuestro entendimiento. Él no lo dijo; pero así lo entendí y así me lo propuse. La amistad con ambos ha sido consecuencia natural. Soy afortunado.

Así empezó una de las aventuras más motivadoras de mi vida como ciudadano y hombre de fe, pecador estándar. En pocos lugares me he sentido más libre para expresar mis ideas, acaso en la UNAM. Escribir mi columna se ha integrado a mi oración cotidiana. Una especie de contemplación en la acción a la cual los católicos estamos llamados. Cada día hay que recorrer la prensa internacional especializada, seguir las opiniones y declaraciones del Magisterio empezando por el Papa, lo que es una delicia. Luego, consultar, afinar puntos de vista para decir algo en muy pocas palabras. Esto, debo decirlo, me ayuda a crecer como historiador, católico de a pie, laico del común y ciudadano del montón, que están entre mis más grandes aspiraciones en la vida. Durante estos años he sido muy consciente de lo extravagante de mi columna en el contexto mexicano; pero, sobre todo, de la valentía de Rubén Cortés por sostenerla a contrapelo de la ortodoxia de la prensa nacional. Gratitud es la palabra que me nace.

Un día, mi muy querido Otto Granados, en una comida del periódico, expresó con su bello sentido del humor lo extraño que resultaba que un católico laico hubiera querido escribir sobre religión, en La Razón. Un juego de palabras con la paradójica fineza de Chesterton. En efecto, un católico sólo puede escribir en la razón. Jesús es el verbo de Dios encarnado y también el hombre más razonable que haya conocido la historia. El único capaz de hacer de una cruz la expresión más excelsa de la vida, al grado de la resurrección. Motivado por la paradoja del Nazareno sigo escribiendo de religión, aquí, en La Razón.

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