Por Jaime Septién |

Me voy a meter “en camisa de once varas”. Lo sé. En ese tipo de comentarios, pocos quedan satisfechos. Trataré de responder a la pregunta que nos hacen día con día: ¿es un ataque a la familia el llamado “matrimonio igualitario”?

A riesgo de parecer esquemático –de hecho–, diré lo siguiente: hace 100,000 años apareció el homo sapiens, el habla y el tabú al incesto, y hace 70,000 años inició la globalización humana desde África (Gabriel Zaid, Cronología del Progreso, 2016). ¿Tantísimo tiempo hemos vivido en el error de considerar la protección de la familia que es descrita en la Declaración Universal de los Derechos Humanos como “la unidad grupal natural y fundamental de la sociedad”?

No es necesario andar mucho para topar con la evidencia de que es la familia tradicional la que ha construido la civilización. ¿Qué no nos gusta? Pues, es lo que hay. Es lo que nuestro genio humano ha podido edificar. En otras palabras: es la respuesta que le hemos dado a Dios.

Una pobre respuesta, se dirá. Pero con posibilidad de ser mejorada (y no se mejora el resultado de un grupo humano “natural y fundamental” haciéndolo desaparecer). Es la tentación totalitaria: desaparezcan a la familia para que surja una novedad. Y a ver qué pasa.

No es un ataque a mí: es una apuesta a cambiar la naturaleza de la sexualidad humana. Porque la sexualidad –nos recuerda Chesterton— es el único instinto que crea una institución.

Publicado en la versión impresa de El Observador del 3 de julio de 2016