Por Fernando PASCUAL |

Uno afirma que la nube que viene trae lluvia. Otro lo niega. Llega el chaparrón: el primero exulta.

Uno defiende que el partido amarillo ganará las elecciones. Otro está seguro de que ganará el partido naranja. Triunfan los naranjas: alegría para el segundo.

En casa, Jaime dice que tal país tiene varios miles de kilómetros de costas. Susana responde que son apenas 100 kilómetros. Consultan Internet: Susana canta victoria.

Nos gusta tener razón. Lo vemos como un triunfo: la verdad estaba de nuestra parte, y evitamos la vergüenza de reconocer que estábamos equivocados.

En las discusiones, surgen dos actitudes (entre otras) diferentes. En la primera, quien “triunfa” siente un cierto sentido de superioridad, mientras quien es “derrotado” experimenta su inferioridad.

El vencedor poseía una intuición mejor, si se trataba de discutir sobre lo que iba a ser el futuro en lo físico (el clima) o en lo social (la victoria de unos en las elecciones); o si se trataba de datos de cultura general, como en el caso de las costas.

Al reconocer esa habilidad, fácilmente surge un cierto gusto interior: soy mejor que el otro, mi cultura es más completa, mis intuiciones o previsiones son más precisas.

Por el contrario, quien deseaba ser superior y al final tiene que reconocer su error, puede caer en cierto derrotismo, en un complejo de inferioridad: he sido “aplastado” por el otro.

La otra actitud lleva a quien tiene la razón a una satisfacción sana, porque no se siente superior ni desprecia al otro. Simplemente reconoce, con sencillez, que había alcanzado la verdad, pero deseaba que también el otro la lograse, y así había buscado maneras concretas para hacérselo ver.

Por su parte, quien estaba equivocado no se siente aplastado, sobre todo al constatar la buena actitud del “triunfador”, sino que acepta el hecho de que estaba en un error y se alegra porque puede abandonarlo gracias a la ayuda del otro.

Tener razón es hermoso si vivimos con la segunda actitud. Así, las discusiones se hacen más llevaderas. No buscamos humillar al otro ni ensalzarnos vanamente, sino que cada uno, desde la honesta defensa del propio punto de vista, vive abierto a dejarse ayudar, si estaba en un error, o a ofrecer ayuda, cuando reconoce con alegría estar más cerca de la verdad.