La Iglesia confirma la necesidad de los seminarios para la formación de los futuros presbíteros, a la vez que atiende, como un desafío, la manera en que la realidad del mundo ha cambiado junto con los horizontes culturales que la envuelven. 

La formación de los seminaristas debe abarcar tanto los aspectos espirituales como la formación de la afectividad y el celibato sacerdotal, además de los estudios filosóficos y teológicos, el ecumenismo, los elementos jurídico-canónicos, la liturgia, los Padres de la Iglesia, la Doctrina Social, los medios de comunicación social, la pastoral de la movilidad humana, la formación en los seminarios en territorio de misión y para la misión.  

En la base de esta formación está el concepto de ministro que se quiere formar, como lo pide el documento Optatam totius 4, que afirma que en los Seminarios: “toda la educación de los alumnos debe tender a la formación de verdaderos pastores de almas, a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor“. 

Para lograr un proceso de formación integral será necesario fortalecer los aspectos humano-afectivos, espirituales, intelectuales, comunitarios y pastorales del candidato, como apunta Juan Pablo II: “Sin una adecuada formación humana toda la formación sacerdotal estaría privada de su fundamento necesario” (PDV 43) pues el sacerdote representa a Jesucristo quien se encarnó y ofrece a sus hermanos los hombres “la más genuina y perfecta expresión de humanidad” (PDV 72). Por tanto se ha de promover el desarrollo de la personalidad y la conciencia de su propia identidad junto con la madurez afectiva, la obediencia y un sentido de pertenencia a una diócesis como real compromiso. 

El sacerdote es ante todo el hombre de Dios que como cristiano ha escuchado el llamado para seguir a Jesús como el Hijo que tiene como alimento la voluntad del Padre y se deja conducir por el Espíritu y se esfuerza por cultivar las virtudes teologales recibidas y que ha de desarrollar permanentemente.  

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