Por Fernando Pascual

Una de las maneras más insidiosas de hablar, escribir, producir cine o cualquier otra forma de transmitir mensajes consiste en mezclar verdades con mentiras, a veces con una buena dosis de belleza artística y de pericia técnica.

Pensemos, por ejemplo, en una película donde se hable de la vida eterna y de la belleza de la unión familiar, en una mezcla donde los argumentos queden tan bien trabados que no sea fácil separar lo correcto de lo engañoso.

El espectador que tiene buen sentido crítico sabrá distinguir entre lo imaginario y lo real, entre lo válido y lo equivocado, entre los mensajes positivos y los engaños que llevan a manipulaciones.

En cambio, para muchos no será fácil distinguir entre el trigo y la cizaña, entre lo aprovechable y lo que daña, entre lo que permite mejorar la propia vida y lo que genera opiniones engañosas.

Por eso, quienes de modo consciente, o tal vez porque ellos mismos están confundidos, mezclan lo verdadero con lo falso, sobre todo si lo hacen con buena publicidad o de modo atractivo, tienen una responsabilidad muy grande y pueden dañar a no pocas personas.

En la antigüedad, Platón ya había entrevisto este peligro al denunciar páginas literarias famosas en su tiempo pero dañinas por su manera de tratar temas muy serios, como el modo de ser de los dioses o sobre lo que ocurre tras la muerte.

En ciertas épocas de la historia, precisamente para evitar los peligros de quienes escribían o representaban los temas de modo confuso o engañoso, se promovió la censura. Hoy es muy mal vista, si bien pervive todavía en muchos países, sobre todo ante temas como el odio racial o la incitación a la violencia.

Reconocer el peligro de quienes escriben o componen obras literarias, musicales o de otro tipo donde la confusión sea un ingrediente importante de la trama permitirá no solo separar lo correcto de lo equivocado, sino también prevenirse del veneno que no pocos ingieren, sin darse, a través de este tipo de obras.

Al mismo tiempo, una sociedad sana promoverá aquellas producciones que ayuden a distinguir fácilmente entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, el bien y el mal, la verdad y la mentira, y que estimulen a apreciar lo que vale y a condenar lo que daña.

Así será más fácil desechar la cizaña y escoger el trigo; un trigo que, gracias a Dios, es mucho más abundante de lo que imaginamos y que merece ser difundido con buenos escritores, guionistas y productores en las diferentes modalidades de comunicación de nuestro tiempo.