Los principales argumentos utilizados por los defensores del control natal siempre tienen un carácter monetario: que si nacen menos niños habrá más ahorro; que con menos gente será más fácil que todas las personas vayan a la universidad, y así tendrán mejores empleos y salarios; que si las mujeres tienen poco o ningún hijo serán económicamente más productivas porque así podrán pasar más tiempo trabajando fuera de su hogar; etcétera.

Más aún, que para frenar el presunto calentamiento global y los altos costos económicos que implicaría, la única solución es combatir el crecimiento poblacional. En palabras de Travis Reider, director de la maestría de bioética en la estadounidense Universidad Johns Hopkins,  «todos en la Tierra deberían considerar tener menos hijos», pues «tener un hijo impone altas emisiones [de carbono] en el mundo».

Según Reider, «la ciencia demuestra que los niños son malos para la Tierra. La moralidad sugiere que dejemos de tenerlos».

Suponiendo que  los controlistas tuvieran razón, es decir,  que lo realmente importante en este mundo fuera la riqueza material, ¿de verdad está funcionando su estrategia, que consiste en lograr que los países disminuyan cada vez más el índice de nacimientos?

Se ha querido presentar a la China y al Japón de los años 60 y 90 como la gran evidencia de que la teoría funciona: que entre menos hijos se tienen  el progreso económico está asegurado; pero la verdad es que las naciones de Iberoamérica y del Medio Oriente que desde esos tiempos comenzaron a promulgar  políticas de control natal no obtuvieron el mismo impulso  económico que los citados países del Lejano Oriente. En cuanto al caso específico de Europa, la industrialización no fue el resultado de tener familias más pequeñas.

Hoy es cada vez más evidente que, a menos hijos, mayor crisis económica futura para un país. El rápido declive demográfico y la crisis del envejecimiento global harán cada vez más inviable un panorama de bienestar económico para la población. Aquí hay algunos ejemplos de lo que está sucediendo:

▶ La población de Japón está disminuyendo por culpa de sus bajísimas tasas de fertilidad. El número  más alto de japoneses se alcanzó hace once años, con 128 millones de personas, pero a continuación comenzó el descenso constante, tras que las muertes superaron al número de nacimientos. Sólo el hecho de que la esperanza de vida sea una de  las más altas del mundo (84 años en 2014) ha permitido que la supervivencia de la nación japonesa se prolongue, y que haya que esperar quizá unos 50 años más para que sólo le queden  unos 90 millones de habitantes, de los cuales el 40% serán ancianos.

Pero lo que sí ha sucedido ya es que, a pesar de las medidas que el gobierno está tomando para hacer frente al invierno demográfico japonés, el poder económico de la población  ha venido disminuyendo por nueve años consecutivos a causa del envejecimiento poblacional: si no hay jóvenes y adultos suficientes que trabajen, la economía se contrae.

▶ China es el país cuya población está envejeciendo más rápido. La política del hijo único, que imperó por tantas décadas, logró su objetivo: que la tasa de fertilidad natural de  2.3 hijos por mujer que tenía en 1970 se desplomara al 0.2 % que tiene en la ac­tualidad. Sin embargo, esta política también originó múltiples problemas y atrocidades en contra de la población.

Nadie puede negar el colosal desarrollo económico de China como nación, aunque sigue teniendo millones de personas viviendo en pobreza extrema y trabajando en condiciones equiparables a la esclavitud. Pero la Academia China de Ciencias Sociales estima que la población llegará a su pico en el ya muy cercano año 2025, con mil 410 millones de habitantes, para enseguida comenzar a caer; y  como caída de la población equivale a caída de la economía, el gobierno chino está elaborando cambios a la política de planificación familiar, al grado de que en algunas provincias ya hasta se prometen premios o incentivos a las parejas que opten por tener un segundo hijo.

▶ A España ya le faltan unos dos millones de personas que debían tener hoy entre 0 y 30 años de edad; todos ellos, aunque concebidos, se encontraron con la muerte a través del aborto legal. Esto, así como la aplicación de las otras políticas anti-vida, han logrado que  sus índices de natalidad sean de los más bajos de toda Europa.

En el país abundan los pueblos abandonados: sus plazas están desiertas, sus negocios están cerrados, y apenas se ve a uno que otro anciano paseando alguna vez  por las calles vacías. Por supuesto que aún hay mucha gente en las grandes ciudades, pero lo que ocurre en los municipios pequeños, con sus pueblos fantasma, es evidencia de lo que está sucediendo a nivel nacional: el suicidio de esta nación a causa del invierno demográfico. Desde 2015 la población española retrocede. Y, para colmo, muchos jóvenes rehúyen el compromiso, de manera que ya no se quieren casar, lo que asegura que cada vez nazcan menos niños españoles.

A pesar de este panorama, las políticas gubernamentales continúan más por la línea anti-familia. Por eso la Federación Española de Familias Numerosas ha tenido que estar trabajando en los últimos años  en tratar de convencer a las autoridades de frenar  la discriminación fiscal que sufren las familias con hijos, que han tenido que enfrentarse a la crisis económica sometidas a una fuerte presión de impuestos directos e indirectos.

« Somos conscientes de que hemos tenido unos años difíciles en los que ha habido que asumir recortes en algunas áreas para poder lograr la recuperación económica y superar esta larga crisis», explica la asociación.

«Pero no se puede seguir apretando a las familias por diversos frentes, cuando son las que más contribuyen a dinamizar la economía; son las que más consumen y las que pueden aportar capital humano y conseguir el relevo de población que es imprescindible a medio plazo para garantizar el mantenimiento de nuestro sistema de bienestar».

De seguir las cosas como hasta ahora, muy pronto España será un país de ancianos y sin niños, poniendo en grave riesgo su bienestar económico. De por sí el actual sistema de pensiones y jubilaciones está ya en crisis, con un déficit tremendo; pero los especialistas coinciden en que pronto será «inviable el sostenimiento de la Seguridad Social y las pensiones sin un aumento de la natalidad».

En resumen, no hay crecimiento económico sin crecimiento de población, sin más personas capaces de trabajar y crear riqueza, y con una mayor demanda de bienes de consumo.

Cuando la población de un país envejece, cae el consumo y la inversión, creciendo el gasto en sanidad y en pensiones, lo que impedirá a su vez el crecimiento económico.

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: ¿ESTAMOS DENTRO DEL INVIERNO —O DEL INFIERNO— DEMOGRÁFICO?

 

Publicado en la edición impresa de El Observador del 8 de julio  de  2018 No. 1200