Por Felipe de J. Monroy

Fray Bartolomé de las Casas es el preclaro ejemplo de que un verdadero cristiano no puede permanecer indiferente cuando la realidad o el destino de otro ser humano son sometidos bajo cualquier tipo de yugo opresor. No hay ideal ni valor aparentemente trascendente que justifique sojuzgar, esclavizar o controlar a otro ser humano; respetar y valorar la dignidad de la persona no es ninguna concesión, es un acto permanente y, además, profundamente cristiano.

Para comprenderlo, a Bartolomé de las Casas no sólo le bastó contemplar de primera mano cómo se realizó la conquista de las tierras reclamadas por la corona española (participó activamente en ella desde 1502) sino porque debió renunciar a muchas certezas que pasaban desde su linaje —su familia guardaba nobleza desde el siglo XI—  hasta el inmenso respeto de sus propios correligionarios para ser verdaderamente un «procurador y protector universal de todos los indios de las Indias hispánicas».

Según Isacio Pérez Fernández, en Fray Bartolomé de las Casas: Brevísima relación de su vida, publicada en Salamanca, la misma universidad donde el noble sevillano estudió derecho canónico, Bartolomé conoce a un natural de las Indias cuando Colón vuelve de su primer viaje (1493). Y un par de años más tarde, cuando su propio padre vuelve de un viaje de las Indias, le «regalan» a un indígena para su servicio.

¿Qué habría visto el joven Bartolomé en aquel hombre que había sido arrancado de su hogar? ¿Qué compendió en ese encuentro que no tuvo otra pasión que la de embarcarse lo más pronto posible a esa nueva tierra?

Bartolomé fue testigo y participó en las primeras empresas encomendadas en la isla La Española (hoy República Dominicana) y testimonió la crudeza de la lucha por la dominación de la tierra y sus bienes entre sus colegas encomenderos y los nativos (1502-1506). Esa experiencia y la naturaleza de su corazón lo llevaron a emprender un nuevo viaje a las Indias en 1508 ya con el hábito de la Orden de los Predicadores y rápidamente asistido en la noble causa de la conversión de los indios por otros inmensos misioneros de la fe cristiana: fray Pedro de Córdoba, fray Antonio de Montesinos y fray Bernardo de Santo Domingo.

Estos frailes fueron los que denunciaron los abusos de las primeras encomiendas —de las que participaba De las Casas— y los excesos de sus correligionarios españoles sobre los naturales. Es fundacional —o debió serlo— el sermón que Montesinos predicó en el Cuarto Domingo de Adviento de 1511: «Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y la tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? […] ¿Cómo los tenéis tan oprimidos y fatigados…? […] ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos?».

Tras la posterior conquista de Cuba, De las Casas renunció a sus propias encomiendas y emprendió un nuevo viaje a España junto a Montesinos para abogar ante el rey y la corte a favor de los naturales porque el respeto a la dignidad humana de los indígenas no se limitaba a los trabajos, a los servicios o a los bienes materiales sino a los espirituales: a la enseñanza de la doctrina, a la dedicada tarea de sembrar semillas del Evangelio y redescubrir esas semillas en las propias culturas de las Indias. Además de su usufructo en las islas, fray Bartolomé también renunció a los métodos «necesarios» de enseñanza como los que recomendaba el fraile jerónimo Bernardino de Manzanedo: «Los indios no parecen tener amor a la doctrina cristiana y no la aceptarán a menos que se les obligue a hacerlo».

Fray Bartolomé de las Casas adquirió no sólo el coraje cristiano para defender a sus semejantes sino que, por su generosa habilidad política, logró paulatinamente el reconocimiento de las instituciones reinantes (la Iglesia católica y la Corona española) a los derechos vitales de los gobernados: los indios para el rey debían ser vistos como vasallos, y para el Papa, como verdaderos hombres. En su obra Único modo de atraer a todos los pueblos a la verdadera religión, De las Casas apunta reflexionando sobre san Pablo: «Y cuando encontraba hombres a quienes por su contumacia y dureza no podía persuadirles la fe con sus palabras, se entregaba a la oración con asiduidad. San Pablo, decimos, aquel insaciable cultor de Dios, padre común y progenitor de los siervos de Cristo; aquel custodio del mundo salvó a todos los pueblos con sus ruegos y peticiones».

Esa claridad de perspectiva de fray Bartolomé lo inscribe en un singular canon de hombres ilustres y valientes, audaces y prudentes; dedicado su trabajo en la administración tanto como en la prédica, en el gobierno tanto como en la diplomacia, y en la enseñanza de lo inmediato tanto como en la perennidad de la historia. Sin hombres como él y muchos otros, como ese otro fraile dominico, Bernardino de Minaya, que tuvo ir hasta Roma para obtener de Paulo III en 1537 la bula Sublimis Deus que afirmaba que los indios eran seres racionales cuyas vidas y propiedades tenían que ser respetadas, no habría esas brújulas de moral en aquella colisión de culturas; o los juristas y teólogos que convencieron al rey Carlos I para que el 20 de noviembre de 1542 promulgara las Leyes Nuevas que pretendían mejorar las condiciones de los indígenas en la Nueva España.

Por si fuera poco, De las Casas tiene una prolífica obra de la que muchos cristianos pueden tomar ejemplo y quizá estén al alcance de nuevas generaciones de católicos si fructifica el proceso de canonización de este ilustre sevillano: «Porque si Cristo mandó que sus apóstoles ofrecieran primeramente la paz en todos los castillos o ciudades adonde debían de entrar… y que no llevaran oro ni plata ni procuraran tener otra cosa terrenal, que fueran humildes sin llevar el bastón de la violencia…; así estos santos varones manifestaron primeramente que llevaban una doctrina, la mejor, que prometía a quienes la aceptaban no solamente la paz eterna, sino también la de esta vida».

Tema de la semana: El protector de los naturales podría ser santo

 

Publicado en la edición impresa de El Observador del 29 de julio de 2018 No. 1203