Por Jaime Septién

En su célebre texto Visión de los vencidos, don Miguel León-Portilla nos hizo llegar las palabras, el aliento de quienes en agosto de 1521 vieron caer la ciudad de Tenochtitlan. Y con ella, la cultura dominante en el centro de lo que ahora es México.

Se trata de una visión traumática, desgarradora. Lo que había sido esplendor era ruina. Y lo que causaba orgullo, era fuente de infinita tristeza. Desde entonces, de eso ya va a ser medio milenio, nos vivimos preguntando quiénes somos los vencidos; qué somos. Pero muy pocas veces nos hemos preguntado cómo podemos integrar los pedazos que componen nuestro ser mexicano.

Por lo demás, los traumas de la caída de Tenochtitlán no han sido erradicados de la vida cotidiana de México. Hace unos cuantos días, el INEGI dio a conocer el resultado de la encuesta nacional sobre discriminación. Uno de cada cinco ciudadanos de este país se ha sentido discriminado en el último año. Y la principal causa de discriminación sigue siendo el tono de la piel…

En otras palabras, no hemos integrado los dos mundos de los que está constituida nuestra raíz étnica y cultural. Mientras no lo hagamos, mientras siga distanciado el mundo indígena del mundo español, seguiremos vagando en el laberinto de nuestra soledad; seguiremos copiando modelos ajenos, ideologías estúpidas, modas y modismos que nos alejan de una realidad mestiza cuya fuerza está aún por explotar.

La Virgen de Guadalupe –aparecida en el Tepeyac apenas diez años después de la toma de Tenochtitlán por parte de las tropas de Hernán Cortés– es la síntesis que hemos desterrado. Y que podría transformar en esperanza lo que hoy es discordia. Falta que le hagamos caso. Y que la insertemos en el presente. Para construir un mejor mañana para México.

TEMA DE LA SEMANA: LA CAÍDA DE MÉXICO-TENOCHTITLAN, 13 DE AGOSTO DE 1521

 

Publicado en la edición impresa de El Observador del 19 de agosto de 2018 No.1206