Por Miguel Aranguren

Un sacerdote es un varón que ha recibido lo que antiguamente se llamaban las «Sagradas Órdenes». Un sacerdote es un ministro, en el sentido de persona elegida por Dios para la renovación de cada uno de los siete sacramentos instituidos por Jesucristo. Un sacerdote es alguien preparado para la prédica de la Buena Nueva.

Es más, un sacerdote es la persona escogida y dignificada con la gracia especial de su diaconado y su presbiterado para transmitir las verdades de fe, para hacer llegar al pueblo a él encomendado la misericordia divina presente en cada una de las escenas de los Evangelios, para custodiar a sus fieles desde el Bautismo a las exequias fúnebres.

Un sacerdote es un consejero, un especialista en la dirección de las almas en el propósito de su salvación. Un sacerdote es un misionero, bien en tierras lejanas a las que todavía no ha llegado la cruz o continúa sin arraigar la dulzura de Cristo, bien en el entorno que le vio nacer, necesitado también del cumplimiento de la vocación misionera que cada cristiano recibe con las aguas bautismales.

Un sacerdote puede ser motor para la puesta en marcha de numerosas iniciativas apostólicas (que no meramente sociales), como universidades y escuelas, hospitales y dispensarios, comedores públicos y pequeños negocios para las familias pobres, proyectos dirigidos siempre al reconocimiento de la dignidad de los hombres, sean cristianos o no.

Un sacerdote es formador de catequistas entre los seglares, para la difusión del Evangelio que compete a todo católico. Un sacerdote es correa de transmisión de la jerarquía de la Iglesia entre los fieles, muy especialmente del Magisterio del Papa y de su obispo. Un sacerdote es ascua al rojo vivo, un tronco que prende, una llama que aviva el ardor del amor de Dios y del servicio al prójimo. Un sacerdote es fuente de inspiración en la vivencia de las virtudes teologales, cardinales y morales, que sostienen el vivir de un buen cristiano.

Un sacerdote es un hombre que apenas tiene tiempo para sí, que vive para Otro y para los otros las veinticuatro horas del día. Un sacerdote es un maestro de oración, pues se alimenta de su vida interior, soporte de la eficacia de toda su actividad. Un sacerdote es mediador entre las diferencias humanas, apaciguador de las pasiones que nos enfrentan a unos con otros.

Un sacerdote es una persona equilibrada en sus afectos, que renueva constantemente su compromiso de castidad, apoyado en la suma libertad de su prudencia. Un sacerdote es una boca callada para todo aquello que no le compete, que guarda para sí, con celo, sus preferencias políticas y sus opiniones en todo aquello que es discutible. Un sacerdote es un hombre que no impone la fe sino que la propone desde la alegría, la sencillez y el empeño en parecerse cada día más a Jesús. Un sacerdote es paciente a la llegada de los frutos, convencido de que su única obligación es sembrar, no cosechar.

Un sacerdote tiene su trabajo en el confesonario, desde donde imparte la justicia de un Dios que sólo sabe perdonar. Y no lo hace en nombre propio sino en el de la misma divinidad, de la que se reviste cuando con su brazo hace la señal de la cruz y recita la fórmula del perdón.

Un sacerdote es un hombre que vive con el corazón en la Eucaristía y que, por honrar al más grande de los sacramentos, se esmera en el cuidado de la liturgia, en la preparación de sus homilías, en el mantenimiento del templo, en la limpieza de los lienzos que visten el altar, del cáliz y de la custodia.

Un sacerdote es un varón de corazón limpio, que despierta cordialidad en niños, jóvenes, adultos y ancianos, que le ven como un padre manso que vela por todos. Un sacerdote no esconde su condición, no disimula, no se diluye en la masa por el miedo de representar a Cristo, no espera parabienes ni premios. Le basta servir a Aquel que le llamó y a su madre, la Virgen.

Quizás el lector piense que tan larga explicación es innecesaria, porque el sustantivo «sacerdote» da por sentado todo lo escrito. Sin embargo, urge recordarlo, pues la confusión generada por los abusos de aquellos sacerdotes miserables que traicionaron la confianza del Cielo, que son piedra de escándalo y dolor, de delito y daño, hijos del diablo, lobos vestidos de oveja, parece hacer sospechosos a todos. Y no hay nada más lejos de la verdad.

www.miguelaranguren.com

Publicado en la edición impresa de El Observador del 2 de septiembre de 2018 No.1208