Artemisa Vizcaíno Moreno, una mujer multifacética: cristiana, esposa, modelo, actriz, jugadora de volibol de playa (fue seleccionada nacional) y maestra de preescolar y primaria. Es mexicana, originaria de Colima, pero radicada en Carolina del Norte (EU). Al venir a uno de los santuarios de Schoenstatt en México, para hacerle una petición a la Santísima Virgen María, le contó su historia a El Observador

Por Chucho Picón

Artemisa, ¿qué es lo que te trajo a este santuario de Schoenstatt?

▶ He venido con una intención muy particular: a pedirle a la Santísima Virgen que me conceda un milagro dentro de mi matrimonio. Me han contado cosas maravillosas de María Santísima en esta advocación, y en particular mi hermana ha vivido la experiencia de milagros; así que yo he venido con esa confianza a pedirle personalmente que atienda mi súplica: convertirme en madre.

Mi marido sufrió un accidente hace casi 9 años, y está paralizado. Y al tener estas lesiones, también se afectó la fertilidad. Hemos tratado de tener familia, pero después de dos años de tratamiento no hubo resultado.

Pero para nosotros los católicos los milagros existen y yo vengo con esa confianza de decirle a la Santísima Virgen: «Tú nos has ayudado, Tú has intervenido para que cambien los resultados de una manera en que los médicos no se lo explican; concédenos el milagro de que podamos tener un bebé».

¿Cuál ha sido tu momento más difícil en la vida, la «noche oscura» de Artemisa?

▶ He tenido varios momentos de prueba. Por ejemplo, la relación de la que ya comenté, que no era adecuada; estuve seis años con un hombre en una relación de «yugos desiguales», creyendo que yo lo podría hacer cambiar, cuando en realidad él ni siquiera era cristiano. Yo insistía en que «Dios me va ayudar», pero finalmente empecé a comprender que en esa relación había cosas que cristianamente no eran correctas, que estaba desperdiciando mi vida y mi tiempo. Yo lloraba demasiado, y quería estar cerca de Dios, pero sabía que no puedes combinar el agua y el aceite: o estás con Dios o te alejas de Dios; Él es Bueno, Justo y Misericordioso, pero para que Él pueda actuar tú tienes que permitirlo abriéndole tu corazón. Ésas fueron mis noches oscuras, en las que me preguntaba por qué mi pareja no cambiaba; por qué, si yo oraba y trataba de dar lo mejor, no había resultados. Y cuando entendí que ahí no debía de quedarme, me fue muy difícil después de tantos años.

Dios te escuchó, te liberó y además te dio un esposo católico…

▶ Sí. Cuando yo tenía 18 años y estaba en la universidad, una señora católica me decía: «Empieza a orar por tu futuro esposo», y yo a veces lo hacía; entonces ella me aclaró: «Debes pedirlo exactamente como lo quieres: por dentro y por fuera, porque Dios te va a escuchar». Y empecé con fervor a pedirlo. Cuando por fin dejé aquella relación, comencé a orar con más fervor todavía. En el área de Estados Unidos donde yo vivo es difícil encontrar católicos, pero yo oré con mayor confianza.

Y llegó el momento. Cuando conocí a quien sería mi esposo se me vino a la mente una frase que había leído en un libro católico, que decía: «El mejor regalo de Dios viene en una envoltura diferente». Y él estaba en silla de ruedas. En una noche que estaba orando, Dios me dijo: «Es él». Y como soy desesperada, le pregunté: «¿Cuándo me caso?», a lo que el Señor me contestó: «Sé paciente».

 

Y fue exactamente como yo lo pedía en la oración: mi esposo es católico, es creyente, y tiene una fe que ni yo misma tengo; y eso es lo que nos ha ayudado en nuestro matrimonio. A veces, en alguna situación, yo le digo que nosotros podemos tomar el control, y él me contesta: «Dejémoslo en las manos de Dios».

Tú venías de haber tenido varios novios, ¿y tu esposo?

▶ La diferencia con Nick, mi esposo, era la castidad.

Según el mundo carnal tú puedes hacer lo que quieres, porque luego vas a confesarte y Dios te perdona. Yo ya tenía tiempo ofreciéndole a Dios mi castidad, mi santidad, y quería encontrar a alguien que entendiera cuán importante era para mí tener un noviazgo santo.

¿Eres feliz ahora?

▶ Demasiado. Crecimos espiritualmente y llegamos al matrimonio con una fe muy firme.

Por cierto, quiero comentar algo curioso: que los dos nacimos el mismo día, mes y año, sólo que él es ocho horas más grande que yo. Además, su mamá y mi mamá son del mismo día y mes, pero de diferente año. Su papá y mi papá son de la misma edad y se llevan sólo una semana de diferencia.

Mi hermano y su hermana sólo se llevan dos días de diferencia, son del mismo año y el mismo mes. Y el aniversario de mis papás es solamente dos semanas antes de nuestro aniversario, y dos semanas después del aniversario de los papás de Nick. ¡Son muchas «Diosidencias»! ¡Y cuando comenzamos a descubrirlas estábamos asombrados!

¿Qué les aconsejarías a los adolescentes para que sigan un camino de castidad?

▶ Hay que ser firmes en lo que queremos, porque al final de cuentas estamos buscando la gloria de Dios y dar testimonio de vida, ayudando a los demás a que no caigan. La base es la oración, pidiéndole a Dios y a María Santísima que nos acompañen en el proceso, pues de otro modo no logramos nada. Tenemos que tener la humildad de decir: «Yo soy humano, yo solo no puedo».

 

Publicado en la edición impresa de El Observador del 19 de agosto de 2018 No.1206