Por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

Renovar el compromiso de la Iglesia en favor de la educación católica al paso con las transformaciones históricas de nuestro tiempo, en palabras del Papa Francisco, dirigidas hace muy poco a los miembros de la Fundación «Gravissimun Educationis», creada apenas en el año 2015, consiste en cambiar la educación para cambiar el mundo partiendo de estas premisas: hacer red, no dejarse robar la esperanza y buscar el bien común.

Lo primero consiste, explica, en «poner juntos los saberes, las ciencias y las disciplinas, para afrontar los desafíos complejos con la interdisciplinaridad. Significa crear lugares de encuentro y de diálogo dentro de las instituciones educativas promoviéndolas hacia afuera, para que el humanismo cristiano contemple la universal condición de la humanidad de hoy.

«También significa hacer de la escuela una comunidad educadora en la cual los docentes y los estudiantes no estén relacionados solo por un plan didáctico, sino por un programa de vida y de experiencia, en grado de educar a la reciprocidad entre las diversas generaciones», pues «la educación católica no se limita a formar mentes con una mirada amplia, capaz de englobar las realidades más lejanas», sino que «más allá de expandirse en el espacio, la responsabilidad moral del hombre de hoy se propaga también a través del tiempo, y las opciones de hoy recaen sobre las futuras generaciones».

No dejarse robar la esperanza consiste en «donar esperanza al mundo global de hoy» por encima de «los intereses económicos, muchas veces lejanos de una recta concepción del bien común» que «producen fácilmente tensiones sociales, conflictos económicos, abusos de poder».

Buscar el bien común es hacer eficaces los proyectos educativos teniendo como criterios esenciales la identidad, la calidad y el dicho bien común, es decir, «coherencia y continuidad con la misión de la escuela, de la universidad y de los centros de investigación nacidos, promovidos o acompañados por la Iglesia y abiertos a todos», calidad «para iluminar toda iniciativa de estudio, investigación y educación» y bien común en el marco de una sociedad marcada «por la convivencia de ciudadanos, grupos y pueblos de culturas, tradiciones y credos diferentes».

Aplicando estos puntos a la realidad mexicana vemos un campo no sólo extenso sino tachonado de eriales, pues si bien el episcopado ha hecho un análisis metódico de esa realidad en el documento “Educar para una Nueva Sociedad”, presentado por ellos en octubre del 2012, no se ve llegar aún el tiempo en el que los planteles de inspiración cristiana, como tímidamente se les denomina, ofrezcan algo que les distinga sustancialmente de las múltiples ofertas de la educación oficial y privada.

Para que ello sea posible, creemos, es necesario retomar los postulados que en 1868 empujaron a los obispos de las apenas diecisiete diócesis del país (hoy en día casi son cien, aunque haría falta duplicar ese número para una atención integral de las necesidades pastorales de cien millones de católicos) a crear las escuelas parroquiales y los liceos católicos con dos ingredientes que se perdieron luego: educación gratuita e inspirada en el Evangelio.

 

Añadamos que la confesionalidad de las escuelas «de inspiración cristiana», reducida a clases de religión y a esporádicos actos de culto no cubre casi nada de lo planteado por el obispo de Roma. Ahora bien, siendo los retos tantos como las posibilidades que ahora no impiden que educadores católicos recuperen el sabor y la sal del Evangelio, habrá que impulsar a los fieles laicos que quieran participar en esta noble tarea: rescatar las escuelas parroquiales.

 

Publicado en la edición impresa de El Observador del 19 de agosto de 2018 No.1206