En la batalla de Lepanto, de 1571, los cristianos estaban en clara desventaja frente a los musulmanes: 236 navíos de los primeros contra 374 de los segundos. Además el ejército otomano era el más poderoso de aquel tiempo. Sin embargo, la Liga Santa venció.

La historia secular ha tratado de justificar el triunfo de los cristianos con argumentos de estrategia militar y de armamento. Pero el resultado fue tal que la victoria sencillamente no se puede entender sin la intervención celestial: mientras que la Liga Santa perdió 12 galeras, ¡los turcos otomanos perdieron nada menos que 190!

San Pío V sabía la verdad, y así la comunicó en un mensaje al ejército vencedor:

«No fueron las técnicas, no fueron las armas, las que nos consiguieron la victoria. Fue la intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de Dios».

El pontífice puso absolutamente todo el proyecto de defensa de la cristiandad en las manos de Dios por intercesión de María, incluso la elección misma del comandante en jefe, don Juan de Austria, de apenas 24 años de edad, que era hijo bastardo pero reconocido del emperador Carlos I y de una humilde mujer llamada Bárbara Plumberger. Su medio hermano, Felipe II, rey de España, lo había nombrado tres años antes «General de la Mar». Ante los desacuerdos entre los jefes de la Liga Santa sobre quién, entre grandes almirantes, debía ser el líder militar, Pío V oró para conocer el parecer de Dios. La respuesta le vino al final de una Misa, con la cita bíblica «Hubo un hombre enviado por Dios cuyo nombre era Juan», y fue así como designó al príncipe.

Pero el plano espiritual constituiría la parte más importante de la estrategia, algo así como «el arma secreta» para derrotar a los musulmanes. De ahí las disposiciones papales; entre ellas:

▶ Que todos los marineros y soldados recibieran los sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía. Para ello les fueron enviados numerosos sacerdotes que trabajaban noche y día ayudando a los capellanes de las galeras.

▶ Que se sacara a cualquier soldado o marino cuyo comportamiento pudiera ofender a Dios.

▶ Que tuvieran emblemas religiosos en sus naves: Don Juan enarboló en su galera la bandera que le envió el Papa con la imagen de Cristo crucificado y de la Virgen.

▶ Que la Liga partiera con la bendición apostólica, y que todos los soldados rezaran el Rosario justamente antes de la batalla.

▶ Que desde los días previos la cristiandad entera apoyara con la oración a la Santa Liga, particularmente rezando el Rosario, y que también hiciera ayunos.

Se dice que cada vez que san Pío V pedía que le alcanzaran un rosario para rezarlo, decía: «Dadme el arma, dadme el arma».

Y mientras transcurría la batalla de Lepanto no cesaba de pedirle a Dios su ayuda, y elevaba las manos como Moisés.

Ya tarde, en una pausa, sucedió que el Papa estaba hablando con algunos cardenales cuando de pronto calló y se quedó mirando a lo alto, como en éxtasis. Luego dijo:

«No es hora de hablar más sino de dar gracias a Dios por la victoria que ha concedido a las armas cristianas».

Es que unos ángeles se le aparecieron para darle la noticia, y los registros de la batalla permitieron conocer que esto ocurrió justo en el momento del triunfo cristiano.

Además, hasta los prisioneros capturados en batalla dieron fe de la victoria milagrosa, pues testificaron que habían visto a Jesucristo, a san Pedro, a san Pablo y a una gran multitud de ángeles luchando contra los turcos, cegándolos con humo.

Efectivamente, en la batalla los cristianos comenzaron con el viento en contra, lo que los obligaba a remar con dificultad para enfrentar a sus enemigos; pero repentinamente y de forma inexplicable el viento cambió su trayectoria, de manera que los que tuvieron que remar fueron los otomanos, y el humo de todos los cañonazos y disparos se iba sobre de ellos, impidiéndoles una adecuada visibilidad.

D. R. G. B.

Desde Lepanto hasta el Mes del Rosario

  • En agradecimiento a la Madre de Dios por su intercesión ante Dios en Lepanto para frenar la invasión islámica de Europa, el Papa san Pío V instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias.
  • Como la batalla de Lepanto tuvo lugar en 7 de octubre, ésa fue la fecha que se designó para la fiesta litúrgica.
  • San Pío V también agregó a las Letanías Lauretanas la que da a María el título de «Auxilio de los cristianos».
  • Su sucesor, el Papa Gregorio III, en 1573 renombró la fiesta como de Nuestra Señora del Rosario.
  • El rezo público del Rosario tuvo un gran auge, sobre todo en los países del sur de Europa y posteriormente en las colonias americanas. En Sevilla, España, llegó a haber en el siglo XVIII más de 150 cortejos que diariamente hacían su estación por las calles rezando el Rosario; además surgieron los Rosarios de aurora, que al principio eran masculinos, mientras que los Rosarios de mujeres salían por la tarde.
  • En 1716 el Papa Clemente XI decretó que la fiesta fuera universal.
  • El Papa León XIII añadió a las Letanías Lauretanas la invocación «Reina del Santísimo Rosario», y en 1892, con su encíclica Magnae Dei Matris, designó octubre como Mes del Rosario.

TEMA DE LA SEMANA: LA BATALLA QUE SALVÓ A LA CRISTIANDAD

Publicado en la edición impresa de El Observador del 7 de octubre de 2018 No.1213