En México hay vidas y personas que sobran. Las cifras, los testimonios, los informes de asociaciones civiles, incluso los informes de las propias autoridades, así lo demuestran. ¿Son 36,000, 40,000 o más los desaparecidos? No sabremos, nunca, el número real. Porque los que sobran no son un número. Son un dolor.

Puestos a revisar el por qué de tanta desaparición-desesperación, nos encontramos, de inmediato, con la respuesta perfectamente confeccionada por los responsables de que esto no suceda: la mayoría son producto de un «ajuste de cuentas» entre bandas rivales de narcotraficantes que se disputan una plaza. Con eso queda «justificado» el tema. Y cuando no es por «ajuste de cuentas», es porque la persona estaba en el lugar que no debería estar…

La lista de los «otros» desaparecidos es tan larga que tan perentoria explicación cae por su propio peso: mujeres, niños, periodistas, sacerdotes, migrantes centroamericanos, madres de familia, papás que llevaban a su hijo a la escuela, misioneros, turistas, maestros… El rostro de «las rastreadoras», las consignas de las y los integrantes de «el solecito veracruzano», la busca incesante de sus seres queridos habla de una dimensión humanitaria enorme, que nos hemos negado a aceptar. Preferimos el eufemismo de «ajuste de cuentas» para ocultar un drama que habría de calarnos hasta
el tuétano.

Hoy existen propuestas en el aire. Desde la generación masiva de empleo hasta el mando único de las policías del país. Pero la gran, la mayúscula revolución está en el corazón católico de México y no en las armas letales para contener la delincuencia. ¿Habrá un policía por cada ladrón? ¿Y quién vigila al vigilante? No. Lo que México reclama a cada uno, en lo cotidiano, es comenzar de nuevo con el ideal cristiano de que nadie, absolutamente nadie, es superfluo. Que nadie sobra.

TEMA DE LA SEMANA: MÉXICO, EL PAÍS DE LOS QUE «DESAPARECEN»

Publicado en la edición impresa de El Observador del 30 de septiembre de 2018 No.1212