Por Jaime Septién

A Guillermo González Camarena, in memoriam

Estoy absolutamente convencido de que los enemigos del Papa Francisco al interior de la Iglesia son los mismos enemigos de san Francisco de Asís: aquellos que tanto miedo le tienen a una misericordia que lo entiende todo, lo perdona todo, lo soporta todo. Como el amor, en la Carta a los Corintios.

Los pleitos de salón que se traen algunos señores dubitativos —que si la exhortación postsinodal La Alegría del Amor abre la puerta a la comunión de los divorciados vueltos a casar por lo civil; que si la pregunta ¿quién soy yo para juzgar a un hermano homosexual? abre la puerta al homosexualismo dentro de la Iglesia—nada tienen que ver con la vida del cristiano de a pie: el Evangelio no se nutre de formalismo; se nutre de testimonios, de obras de fe, del escándalo mismo del perdón al enemigo; en fin, de la gracia que sopla donde quiere.

Qué lejos están esas invocaciones principescas, legalistas, del lenguaje que necesitan los jóvenes hoy. Imagino que, como san Francisco cuando en la plaza de Asís se desnudó para devolverle las ropas a su padre, Pedro Bernardone, los «puros» habrán fruncido su cuidado ceño tras las palabras del Papa a los jóvenes en Palermo hace unos días: «Jesús no te quiere sentado en la banca«; «yo no les voy a decir que son santos; no, son pecadores, como yo…». Dirán: qué pena, un Papa rebajándose… y encima, confesando que les hablaba sentado… porque le dolían los tobillos…

El de Asís y el Francisco de Roma nos llaman a echarnos la Iglesia al hombro. Cada uno. Sin juicios ni excomuniones. Imitando, hasta donde nos es posible, el infinito amor de Jesús en la Cruz. Armando lío. Equivocándonos. «Pecadores, sí. Corruptos, no»

Publicado en la edición impresa de El Observador del 23 de septiembre de 2018 No.1211