Por P. Fernando Pascual

La vida nos sorprende con golpes y reveses. Algunos, previsibles. Otros, que aparecen de modo inesperado.

Cuando llegan momentos de dificultad, necesitamos fuerzas interiores y apoyos entre familiares y conocidos, para superar la prueba y para seguir adelante.

No siempre encontramos los apoyos necesarios. Sentimos, en esos casos, un aumento de la pena interior. ¿Cómo afrontar, entonces, los problemas?

Nos recomiendan paciencia. Parecería una simple actitud pasiva, pero también exige mucho de nuestra parte. Uno espera con paciencia cuando tiene motivos y certezas para ello.

Cuando la prueba se agudiza y las ayudas escasean, ¿a quién acudir? Podemos mirar al cielo y suplicar al Padre que nos dé fortaleza, prudencia, y paz en el alma.

La ayuda de Dios se convierte en decisiva. No porque responda con milagros que cambien todo el panorama (los milagros son escasos, aunque no faltan), sino porque confirma nuestra fe y nos ayuda a renovar la esperanza.

Sabemos que el milagro decisivo sigue en pie e ilumina a todo ser humano: Cristo ha vencido a la muerte, ha resucitado, y está ahora a la derecha del Padre.

La certeza de que Dios nos acompaña y de que Cristo está vivo se convierte en una fuente inextinguible de energías interiores y de apertura del corazón, hasta hacer nuestras las palabras de san Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4,13‑14).

Desde la compañía de Dios, de los ángeles, de los santos, y de tantos corazones buenos, afrontamos las pequeñas o grandes dificultades de cada día. La victoria es segura. La gracia vence al pecado. El amor mueve nuestros corazones…