Por Jaime Septién

Hay momentos en la vida periodística en los que debemos hacer un alto y tomar aire. Éste es uno: ¿seguir o no seguir?

El Observador ha entrado en una fuerte crisis de lectores; crisis que va de la mano con el poco aprecio a la letra impresa y con la fuerte influencia de las redes sociales en la información.

Menos lectores, patrocinadores, menos personas interesadas en la prensa libre, obliga -tras los 23 años que llevamos circulando sin interrupción- a preguntarnos sobre la pertinencia de un semanario católico.

Por parte de todos los trabajadores de la empresa, debo decir que el esfuerzo ha sido tremendo. Muchas familias están involucradas. Sabemos que ésta es nuestra humilde contribución al bien común.

La Iglesia –hoy más que nunca— es necesaria para aliviar la desesperanza del mundo. La desesperanza de México. Eso es lo que nos sostiene, nos alimenta, nos obliga a seguir adelante.

Hemos tomado la decisión de no claudicar. Pero, también, la queremos hacer pública para que tú, amigo nuestro, nos ayudes. Date el tiempo de comprar el semanario, de leerlo, de regalarlo, de suscribir a una persona querida… Si tienes una empresa, ¿por qué no miras a El Observador como un medio digno de anunciarla al público?

San Rafael Guizar decía que desatender a la prensa católica era un pecado. No llegamos a tanto. Solo queremos pedirte tu lectura asidua y tu oración sincera. Lo demás se lo dejamos a Dios en sus benditas manos.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 16 de diciembre de 2018 No.1223