Al entregarnos su mensaje del primero de enero, el Papa Francisco, fiel lector de los clásicos católicos franceses del siglo XX, recordó al gran Charles Péguy al decir que la paz -como la esperanza- es «una flor frágil que trata de florecer entre las piedras de la violencia».

No solo en el (des)concierto de las naciones o entre los grupos que forman un país; también es una «flor frágil» en el seno de nuestros familias, en los muros de un hogar, de una escuela, de una fábrica, de una oficina…

La ausencia de paz que vivimos hoy mismo proviene de la carencia de una conciencia política –en los asuntos sociales— y, en general, de una conciencia de las necesidades, los dolores, los sufrimientos y las prioridades de los otros, del otro, del prójimo, incluso del prójimo más próximo.

Francisco se desgañita cada domingo, en el Ángelus, pidiendo comprensión, solidaridad, ayuda, aprecio por la vida. En otras palabras, conciencia de quienes sufren y nos rodean.

El documento de Medellín (Colombia, 1968) subrayaba que «la carencia de una conciencia política en nuestros países, hace imprescindible la acción educadora de la Iglesia, con objeto de que los cristianos consideren su participación en la vida política de la nación como un deber de conciencia y como ejercicio de la caridad en su forma más noble y eficaz para la vida de la comunidad».

No hay salida: o nos comprometemos con el bien común –dejando a un lado el confort, la comodidad, el conformismo, el mexicanísimo y destructor «ahí se va»—o los lugares de esperanza (y de paz) los va a llenar la maleza (el diablo, para que mejor nos entendamos).

Sí, la paz es una «frágil flor», pero cada uno puede quitar una piedra para que crezca.

El Observador de la Actualidad

TEMA DE LA SEMANA: LA BUENA POLÍTICA ESTÁ AL SERVICIO DE LA PAZ

Publicado en la edición impresa de El Observador del 30 de diciembre de 2018 No.1225