Por Javier Coellar Ríos, Pbro.

Coordinador de Pastoral Universitaria en UNIVA Querétaro

Cuando un hombre y una mujer se casan hay quien piensa que están llamados, por decirlo así, a «inventar» su matrimonio, cuando en realidad su matrimonio y el matrimonio ya ha sido inventados.

La decisión de casarse los ha introducido en un «misterio», en una realidad que Dios mismo ha pensado.

Me propongo en este artículo mostrar la revelación que Dios tiene del matrimonio en el momento en el cual crea al hombre y a la mujer.

El matrimonio nace en el momento mismo en el cual Dios decide que el hombre sea creado «masculino y femenino».

Cuánta necesidad tiene el hombre contemporáneo de leer y meditar profundamente la página del Génesis, porque es ahí donde está la revelación de Dios sobre el matrimonio.

Es a este «principio» que Jesús mismo re-llamará.

Este volver al «principio» está constituido de tres experiencias fundamentales que todo ser humano encuentra en el corazón y del cual ha perdido la memoria y la nostalgia, y que presentaré esquemáticamente.

La primera experiencia es la experiencia de la sublime dignidad de la persona humana: «No encontró una ayuda parecida a él».

¿Qué significa esto? La persona humana, en el universo visible, no es equiparable a nadie más.

Adán fue a buscar entre los demás seres vivientes a alguien, pero no lo encontró. Él sólo puede imponer el nombre, es decir dominar a las otras criaturas.

Él está solo: solo porque todo lo que existe es menos que la persona. El hombre es alguien, no algo. Y ser alguien es infinitamente más que ser algo.

¿De dónde deriva en el hombre esta sublime dignidad?

De su ser creado «a imagen y semejanza de Dios». Sólo la persona humana, en nuestro universo visible, es colocada frente a Dios. Querida por sí misma y llamada a la Alianza con el Señor. Pero es propia esta conciencia que la persona humana tiene de su unicidad, que produce una experiencia de soledad.

Este hecho de soledad de la persona humana «no está bien». Insisto con precaución: la Palabra de Dios no dice que el hombre sea malo.

Nada de lo que Dios crea está mal. La Palabra de Dios dice que en la soledad está la causa de no estar bien. La persona humana no puede alcanzar la plenitud de su ser, la plena perfección de sí mismo.

Para entender bien este punto debemos una vez más recordar el significado de la soledad originaria donde vivía el hombre.

No se trata de una descripción de un hecho de tipo numérico: el hombre está solo no porque existe más que uno, y si hubiera dos, tres…no estaría solo.

No es este el significado originario de nuestra soledad.

El hombre está solo porque posee, como persona, una tal sublime dignidad que no encuentra nada en la creación con quién dialogar.

Es esta imposibilidad de diálogo que impide a la persona realizarse plenamente: es esta imposibilidad que es juzgada mal.

El diálogo en el matrimonio es la primera experiencia a la que deben volver los cónyuges, porque es donde descubren su dignidad, promocionan y valoran la dignidad del otro.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 20 de enero de 2019 No.1228