Entrevista a Rémi Brague, filósofo francés y premio Ratzinger 2012, sobre la importancia del diálogo interreligioso que expone en su libro Sobre el Dios de los cristianos. Y sobre uno o dos más

Por Jaime Septién

¿Qué paradojas se encierran en las tres religiones monoteístas que usted plantea?

▶ No tengo la intención de escribir un tratado científico sobre la historia de las religiones; es sólo un esbozo de esclarecer los conceptos que tuvimos sobre la esencia de las tres religiones monoteístas. Es muy claro que Dios se deslinda de todas nuestras ideas, pero no debemos olvidar que hablamos de Dios, y que lo que decimos sobre ese Dios no son las mismas cosas.

Cuando decimos que hay tres religiones monoteístas nos equivocamos, puesto que las tres religiones hablan sobre que hay un solo Dios, pero éstas no tienen el mismo discurso, ni la unicidad de Dios ni la presencia del libro santo ni la figura bíblica de Abraham, no es lo mismo.

¿Qué consecuencias tiene esto?

▶ Grandísimas consecuencias prácticas. La gente se figura que se entiende uno al otro, mientras que en los hechos viven mal entendidos sobre ilusiones, sobre errores; y esos errores impiden que pueda tener lugar un diálogo auténtico. La intención de la gente que dice que hay tres religiones es una intención excelente, pero en la realidad nos impide que hablemos con las demás personas que creen en otras religiones y de un modo autentico.

Cuando un cristiano dice que hay tres religiones de Abraham, quiere establecer una base común para las tres religiones; cuando un musulmán habla de Abraham, dice que hay una sola una religión de Abraham y no tres; la más vieja, el islam.

Hay dos aleyas en el Corán en las cuales se dice, en una especie de diálogo: «Sean ustedes cristianos o sean ustedes judíos». Y contesta el profeta: «No. Sean ustedes de la religión de Abraham, que no era judío ni cristiano». Cuando el musulmán habla de la religión de Abraham habla de una especie de religión primitiva que constituye el nivel fundamental de la actitud religiosa del hombre y ese nivel fundamental sea precisamente el islam.

El cristiano utiliza la expresión «religiones» en el plural de Abraham para incluir, mientras que el musulmán la utiliza para excluir a las demás religiones.

Profesor, eso finalmente lleva a que el diálogo interreligioso más bien sea un concurso de monólogos.

▶ Quien tiene la experiencia vivida de tales diálogos recibe muy a menudo precisamente esa impresión: monólogos paralelos. Cada uno dice lo que es su deber como tal, y cuando habla el otro no escucha nada.

Si son monólogos paralelos, ¿se pueden llegar a tocar o no en algún momento?

▶ Creo que no, puede ser que tengamos que hallar la posibilidad de un dialogo y no entre las religiones, sino entre las personas. No debe ser entre la gente de religión, sino entre la gente común, la gente cuya profesión no es la teología o el equivalente, las ciencias religiosas, judaísmo o el islam, pues resulta más fácil discutir sobre problemas concretos.

Es más fácil hablar con los musulmanes sobre el petróleo que sobre Abraham. La palabra petróleo tiene el mismo sentido para ambas partes en la discusión, mientras que Abraham quiere decir cosas muy diversas y por eso tenemos un diálogo de sordos.

Atendiendo a lo que dice el Papa Francisco, en la exhortación Evangelii gaudium: en lugar de discutir sobre la religión de Abraham, quien incluye y quien excluye, vamos a discutir de problemas concretos.

En esta exhortación hay una metida de pata cuando se refiere al verdadero islam. ¿Quién puede saber qué es el verdadero islam? No sé, pero de ninguna manera el jefe de otra religión; pero también falta al Papa la competencia para pronunciarse sobre la autenticidad de otra religión.

En este tema del dialogo con el islam se juega una gran parte del futuro de la humanidad. ¿Cómo podemos entender un diálogo donde las bases no son las mismas, donde no hay el reconocimiento del otro?

▶ El problema con el islam y el problema con el cristianismo no es simétrico. El cristiano como tal no conoce nada del islam, se figura que conoce algo sobre el judaísmo por el Viejo Testamento, mientras que el musulmán se figura que sabe muy bien lo que es el judaísmo y el cristianismo. Se habla mucho de Moisés y de Abraham en el Corán y mucho menos de Jesús y por eso le falta la curiosidad y odio; el cristiano puede tener frente al islam miedo y odio, pero tiene también curiosidad. La curiosidad que ha producido una gran cantidad de eruditos, filósofos e historiadores cuyas obras se tradujeron en árabe y ahora son fuentes para el conocimiento del islam entre los musulmanes. Los musulmanes no tienen odio o miedo frente al cristianismo o al judaísmo, pero no tienen tampoco curiosidad, es una cosa vieja, superada, olvidada y por eso no tienen que leer la Biblia, el Corán les basta.

No conozco a musulmanes que conozcan el cristianismo bien, por eso no se puede desarrollar el diálogo en las bases de un conocimiento mínimo.

Ambas partes tienen que hacer el esfuerzo de ese dialogo.

▶ Ambas partes tienen que hacer un paso: el paso para los cristianos o los historiadores filósofos teólogos del mundo cristiano seria entender las diferencias, mientras que entre los musulmanes el primer paso sería tratar de conocer lo que el otro piensa de verdad. Me ha tocado discutir con teólogos del islam y he podido ver que sus conocimientos del cristianismo son de carácter muy elemental.

¿Cuántas cosas hay que ignorar para conocer a Dios?

▶ La primera cosa que tenemos que olvidar son nuestros prejuicios, nuestra imagen de lo que un Dios tiene que ser. No es el Dios de los filósofos, no es el todo poderoso del cual hablaba muy a menudo Hitler. El Dios de los cristianos es el Dios de la Cruz, es el que se ha dado a conocer en la figura de la total ausencia de poder y por eso es el Dios que deja al hombre libre de decir sí o no. El Dios de los cristianos es el Dios que se ha vaciado a Sí mismo de su poder para dejarnos libres de escogerlo y de escoger su amor.

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Publicado en la edición impresa de El Observador del 27 de enero de 2019 No.1229