Tras la muerte de san Francisco, en 1226, los franciscanos acordaron que san Buenaventura, su superior general, escribiera una biografía oficial del santo de Asís, la cual es conocida como Leyenda Mayor (Legenda Maior), que fue aprobada en 1263.

MOTIVACIONEs

La Leyenda Mayor recoge pormenores de la visita de san Francisco al sultán de Egipto, de los cuales se pueden señalar estas motivaciones que llevaron al santo a emprender tan peligroso viaje hacia Medio Oriente:

  1. LA SALVACIÓN DE LAS ALMAS

«Deseaba con entrañable piedad la salvación de las almas y sentía por ellas un ardiente celo».

«No se consideraba amigo de Cristo si no trataba de ayudar a las almas que por Él han sido redimidas.

«Y afirmaba que nada debe preferirse a la salvación de las almas, aduciendo como prueba suprema el hecho de que el Unigénito de Dios se dignó morir por ellas colgado en el leño de la cruz. De ahí su esfuerzo en la oración, de ahí sus correrías apostólicas y su celo por dar buen ejemplo».

  1. DAR A CONOCER A CRISTO

Se embarcó y, «tan pronto como dejó el mar y puso pie en tierra, comenzó a sembrar la semilla de la Palabra de salvación».

«Emprendió el viaje hacia Marruecos con objeto de predicar el Evangelio de Cristo al Miramamolín y su gente…

«Pero cuando llegó a España, por designio de Dios, (…) le sobrevino una gravísima enfermedad que le impidió llevar a cabo su anhelo».

  1. ANSIAS POR EL MARTIRIO

«Deseaba ofrecerse él mismo en persona —mediante el fuego del martirio— como hostia viva al Señor, para corresponder de este modo al amor de Cristo, muerto por nosotros en la cruz, y para incitar a los demás al amor divino.

«En efecto, ardiendo en deseos de martirio, al sexto año de su conversión resolvió embarcarse a Siria».

«Le atraía tanto la idea de la consecución del martirio, que prefería una preciosa muerte por Cristo a todos los méritos de las virtudes»:

LA CRUZADA DEL SANTO

Era entonces el tiempo de las Cruzadas: «Se entablaba entonces entre cristianos y sarracenos una guerra tan implacable, que estando enfrentados ambos ejércitos en campos contrarios no se podía pasar de una parte a otra sin exponerse a peligro de muerte, pues el sultán había hecho promulgar un severo edicto, en cuya virtud se recompensaba con un besante de oro al que le presentara la cabeza de un cristiano».

«Pero el intrépido caballero de Cristo, Francisco… se decidió a emprender la marcha sin atemorizarse por la idea de la muerte», «acompañado, pues, de un hermano llamado Iluminado».

«Se encontraron con los guardias sarracenos, que se precipitaron sobre ellos como lobos sobre ovejas y trataron con crueldad y desprecio a los siervos de Dios salvajemente capturados, prefiriendo injurias contra ellos, afligiéndoles con azotes y atándolos con cadenas. Finalmente, después de haber sido maltratados y atormentados de mil formas, … los llevaron a la presencia del sultán».

«Les preguntó quién los había enviado, cuál era su objetivo, con qué credenciales venían y cómo habían podido llegar hasta allí; y el siervo de Cristo, Francisco, le respondió con intrepidez que había sido enviado no por hombre alguno, sino por el mismo Dios Altísimo, para mostrar a él y a su pueblo el camino de la salvación y anunciarles el Evangelio de la verdad. Y predicó ante dicho sultán sobre Dios trino y uno y sobre Jesucristo salvador de todos los hombres» .

El sultán «lo escuchó con gusto y le invitó insistentemente a permanecer consigo. Pero el siervo de Cristo, inspirado de lo alto, le respondió:

«‘Si os resolvéis a convertiros a Cristo tú y tu pueblo, muy gustoso permaneceré por su amor en vuestra compañía. Mas, si dudas en abandonar la ley de Mahoma a cambio de la fe de Cristo, manda encender una gran hoguera, y yo entraré en ella junto con tus sacerdotes, para que así conozcas cuál de las dos creencias ha de ser tenida, sin duda, como más segura y santa’.

«Respondió el sultán: ‘No creo que entre mis sacerdotes haya alguno que por defender su fe quiera exponerse a la prueba del fuego, ni que esté dispuesto a sufrir cualquier
otro tormento’».

«Entonces, el Santo le hizo esta proposición: ‘Si en tu nombre y en el de tu pueblo me quieres prometer que os convertiréis al culto de Cristo si salgo ileso del fuego, entraré yo solo a la hoguera. Si el fuego me consume, impútese a mis pecados; pero, si me protege el poder divino, reconoceréis a Cristo, fuerza y sabiduría de Dios, verdadero Dios y Señor, salvador de todos
los hombres’.

«El sultán respondió que no se atrevía a aceptar dicha opción, porque temía una sublevación del pueblo. Con todo, le ofreció muchos y valiosos regalos, que el varón de Dios —ávido no de los tesoros terrenos, sino de la salvación de las almas— rechazó cual si fueran lodo.

«Viendo el sultán en este santo varón un despreciador tan perfecto de los bienes de la tierra, se admiró mucho de ello y se sintió atraído hacia él con mayor devoción y afecto». Y, aunque no quiso, o quizás no se atrevió a convertirse a la fe cristiana, sin embargo, rogó devotamente al siervo de Cristo que se dignara aceptar aquellos presentes y distribuirlos —por su salvación— entre cristianos pobres o iglesias. Pero Francisco, que rehuía todo peso de dinero y percatándose, por otra parte, que el sultán no se fundaba en una verdadera piedad, rehusó en absoluto condescender con su deseo».

¿ÉXITO O FRACASO?

El sultán Al-Kamil «no quiso, o quizá no se atrevió a convertirse», se lee en la Leyenda Mayor, mientras que las Florecillas hablan de conversión hacia el final de sus días.

Del escrito de san Buenaventura se desprende que san Francisco, aunque intentó la evangelización de los musulmanes, «al ver que nada progresaba en la conversión de aquella gente y sintiéndose defraudado en la realización de su objetivo del martirio, avisado por inspiración de lo Alto, retornó a los países cristianos».

Lo que sí ocurrió, y que no recoge ninguno de los dos documentos hasta aquí mencionados, es que diez años después el sultán decidió devolver Jerusalén a la cristiandad.

Según Albert Jacquard, en su libro La preocupación por los pobres, pudo ser el recuerdo que tenía de san Francisco el que hizo que Al-Kamil decidiera más tarde, «cuando ninguna fuerza le obligaba, entregar Jerusalén a los cristianos», consiguiendo el santo «aquello que los ejércitos venidos de Europa no habían podido conseguir» con las Cruzadas.

TEMA DE LA SEMANA: OCHO SIGLOS DEL ENCUENTRO DE SAN FRANCISCO CON EL SULTÁN

Publicado en la edición impresa de El Observador del 27 de enero de 2019 No.1229