El «Acuerdo de París», las «Cumbres sobre Cambio Climático», la encíclica «Laudato si’» y el «Sínodo de la Amazonia 2019» son algunos de los intentos para encaminar hacia un plan común medioambiental; pero el afán del dinero y del poder también están metidos.

Que el hombre ha de dar cuentas a Dios de lo que haga individual y colectivamente con su entorno es algo que la Iglesia ha enseñado siempre, aunque sea de forma implícita, aun cuando antes no empleara las palabras «ecología» y «medio ambiente»,  vocablos que hasta los años 60 eran apenas manejados por un pequeño puñado de científicos.

Benedicto XVI se ganó el mote de «el Papa ecológico» al hacer colocar módulos fotovoltaicos en el techo del Aula Pablo VI para producir electricidad sin generar bióxido de carbono (CO2), y al convertir en 2007 al Vaticano en el primer Estado soberano con «emisión cero» de CO2  al realizar medidas compensatorias tales como plantar un bosque de propiedad vaticana en territorio de Hungría.

Clima y dinero

A nivel secular, con el «Acuerdo de París» de 1995 un total de 195 países se comprometieron  a reducir la emisión de gases de efecto invernadero a partir de 2020; pero también se obliga a los países desarrollados a financiar a los países en desarrollo con al menos cien mil  millones de dólares anuales para mitigación y adaptación, pagados al Fondo Verde para el Clima (FVC) de la ONU.

Económicamente hablando, no es descabellado que Estados Unidos optara en 2017 por retirarse del Acuerdo pues,  al ser el país más contaminante, también  era el que tenía que financiar con más dinero a los otros. La administración Obama prometió  tres mil millones de dólares al FVC, y entregó mil millones, dejándole la mayor parte del compromiso a la administración Trump. Además,  las metas del Acuerdo conducirían a EU a la pérdida de hasta 2.7 millones de empleos. De hecho, todos los países, ricos o pobres, que se han negado a firmar acuerdos climáticos  anteriores, lo han hecho precisamente por razones económicas.

Clima y ciencia

El investigador Rémy Prudhomme, profesor emérito de economía, opina que en el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU «hay científicos de mucho peso que trabajan en sus informes, pero las conclusiones están traducidas e interpretadas por diplomáticos, que negocian cada línea», y que «las conclusiones que piden los países más ricos supondrían que se impida el desarrollo de los más pobres que estaban empezando a despertar».

Se dice que «hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático» (Laudato si’, n.23). Pero un consenso científico sólo es una opinión colectiva, no una demostración científica, por más que se le utilice como argumento para demostrar la validación de una teoría.  Además, hay un número creciente de científicos que apuntan a que la teoría del calentamiento global antropogénico no se sostiene, pues estaría basada en investigaciones desactualizadas, argumentos falaces y manipulación de datos. Entre estos científicos se puede mencionar a Kary Mullis, premio Nobel de Química, o a Ivar Giaever, premio Nobel de Física. Nada más entre los científicos estadounidenses, 31 mil 487 científicos han firmado el Petition Project («Proyecto de Petición»), en el que afirman que no han encontrado evidencia científica convincente de que la emisión humana de CO2 vaya a causar, en un futuro inmediato, un calentamiento catastrófico de la atmosfera terrestre».

Clima y poder

El Climategate, destapado en 2009, dejó en evidencia que un grupo influyente de científicos  de la Unidad de Investigación del Clima (CRU) ha estado manipulando datos en favor de la teoría del cambio climático antropogénico; además se obstaculizan los estudios de científicos contrarios a dicha teoría, a fin de presentar ésta como si fuese una verdad irrefutable y sin oposición seria.

En correos internos de la CRU se leía: «No podemos explicar la falta de calentamiento en estos momentos», y «Acabo de completar el truco de Mike en Nature de añadir la temperatura real a cada una de las series para los últimos 20 años, y desde 1961 para las de Keith, para ocultar el descenso». Efectivamente, las  verdaderas lecturas de temperatura venían señalando desde años antes que la temperatura media del planeta estaba descendiendo en lugar de aumentar.

A raíz del escándalo, el IPCC ha tenido que admitir errores de pronóstico, tales como la desaparición de glaciares y la extinción de  «miles de especies animales y vegetales», como los osos polares, reconociendo que la  población de éstos es estable a pesar de la disminución de las capas de hielo del Ártico.

Otras manipulaciones deliberadas de datos, como los filtrados en el documental de Al Gore «Una verdad incómoda», hacen pensar que hay quienes se quieren aprovechar políticamente del llamado cambio climático.  Algunas  acusaciones  señalan específicamente a las élites, que de este modo mantendrían el control mundial impidiendo que los países en vías de desarrollo puedan progresar, cobrando un impuesto global a las emisiones de CO2, y generando un miedo desmedido hasta conseguir, como «solución», la instauración de un gobierno mundial único.

Conclusión

Desde el punto de vista cristiano, hay que rechazar la visión del cambio climático como una especie de religión, con sus dogmas laicistas contrarios a la primacía del  hombre en el plan de Dios.

Laudato si’  y el Sínodo de la Amazonia han partido de la consideración de datos brindados por organismos oficiales internacionales, pero Francisco ha escrito en su encíclica: «Sobre muchas cuestiones concretas la Iglesia no tiene por qué proponer una palabra definitiva y entiende que debe escuchar y promover el debate honesto entre los científicos, respetando la diversidad de opiniones» (n. 60).

Y como las posturas están cada vez más divididas en este tema, será difícil llegar alguna vez a un verdadero acuerdo.

D. R. G. B.

TEMA DE LA SEMANA: PREPARADOS PARA ACTUAR A FAVOR DE LA JUSTICIA CLIMÁTICA

Publicado en la edición impresa de El Observador del 6 de enero de 2019 No.1226