Por Jorge Ocaranza

Estaba terminando de arreglarme para ir a la junta matutina de ventas en Ixtapa. La mañana estaba fresca y muy clara. Justo entonces sonó mi teléfono y me informaron casi a quemarropa que una huésped, al parecer, había fallecido. Estaba yo muy cerca de la habitación, así que me dirigí allá casi corriendo.

La puerta de la suite estaba abierta y en la terraza se encontraba el huésped y el médico del Desarrollo. El huésped se levantó lentamente, dejó que lo abrazara y me dijo que si quería que me diera un cojín para la silla de madera en la que me estaba sentando.

¡Es increíble que, en esas circunstancias, el querido huésped no dejaba de pensar en lo que yo necesitaría!

Me comentó que su señora había dejado de respirar como a las 3 de la mañana y que no había querido despertar a su hija ni hablarle al doctor. Había compartido con ella 61 años de feliz matrimonio. Me pedía que le ayudara con todos los trámites y que quería llevar el cuerpo de su esposa hasta Chicago lo más pronto posible.

Obviamente estaba en shock y le sugerí que despertara a su hija y yerno y que nosotros los dejaríamos tener ese momento en familia.

Los siguientes dos días nos encargamos de todos los detalles que salieron. El trato con el Ministerio Público, el que se llevaran el cuerpo. La autopsia obligatoria. El embalsamamiento del cuerpo. El arreglar con la funeraria los trámites, costos y envío por carretera a Ciudad de México y luego por avión a Chicago. Además de un sinfín de temas menores que luego resultaron ser no tan menores.

Bart, nuestro encargado de Atención a Socios, lo resumió de manera perfecta: «Estimado huésped: desde que usted se convierte en cliente de Pacífica, nosotros nos encargamos de usted, pase lo que pase. No lo soltamos hasta que usted llegue a su casa».

Vaya que fue cierto. Realmente hizo nuestro equipo un trabajo con mucho cariño y, yo diría, muy eficiente y eficaz.

Por su parte, el huésped y su familia fueron en todo momento receptivos, amables y muy agradecidos. Cuando les informamos que el cuerpo de la señora no llegaría a Chicago hasta el lunes (5 días después), nos agradecieron mucho, ya que a otros amigos que habían pasado por lo mismo les habían tardado hasta 7 días. No dejaban de decir que agradecían toda la ayuda y que no sabían qué hubieran hecho sin nuestra ayuda. Les compraron algunos regalos a los que los atendieron y no se les despegaron. De alguna manera, eso generaba más acercamiento, más compromiso y las relaciones se hicieron aún más estrechas.

Les llevaron de comer a su habitación. Les trajeron cosas hechas en sus casas y hasta al aeropuerto los llevaron unos días después.

Nos confirmaron que regresarían con nosotros todos los años y que agradecían, agradecían y volvían a agradecer. Lo único que lograba ese agradecimiento tan sentido era que todo mundo se comprometiera aún más.

Me ha quedado terriblemente claro lo poderoso que es el agradecimiento sincero y real en estos casos. En todos los casos. Es una herramienta realmente poderosa y efectiva. Por otro lado, lo contrario de agradecer puede ser realmente nocivo para una relación, cualquiera que ésta sea. Critica, quéjate, lastima y haz sentir a la otra persona mal y prepárate para recibir tarde o temprano la consecuencia de tus actos. Échale la culpa a quien quieras, el único responsable eres tú.

La familia se «robó» nuestros corazones al reaccionar ante nuestra ayuda y agradecernos tanto. Siempre serán tratados como nuestra familia.

¿Cómo te sientes cuando personas cercanas y no tan cercanas no necesariamente te agradecen por lo que has hecho por ellas?

¿Cómo anda tu agradeciómetro? ¿Usas esta arma secreta con los demás? ¿Estás consciente por su tremendo valor?

Creo firmemente que Dios nos ha creado y que siendo de su familia, Él se encarga de todas y cada una de las cosas que nos sucedan o puedan llegar a suceder. Nos ha prometido y sigue prometiendo que Él nos cuidará en todo momento. Pase lo que pase.

¿Te das cuenta de lo poderoso que sería agradecerle todo lo que hace, ha hecho y hará por ti?

Creo, sin duda, que se estrecharía mucho tu relación con Él (y con cualquiera). Te daría sin duda mucha más paz. Aumentaría mucho tu fe. Vivirías más feliz.

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