En una ocasión su ángel de la guarda explicó al padre Pío que si Jesucristo permitía que sufriera tantos ataques era porque «quisiera que te le asemejaras a Él».

En una carta de 1913 decía el santo sacerdote capuchino: «El Señor me hace ver, como en un espejo, que toda mi vida será un martirio».

LAS ACUSACIONES

Sus sufrimientos por ataques desde el ámbito de la Iglesia comenzaron en 1922, cuatro años después de que los estigmas se le hicieran visibles. El Vaticano, a través del Santo Oficio —ahora Congregación para la Doctrina de la Fe— comenzó a restringir el acceso de los feligreses al padre Pío, ya que éste fue acusado de autoinfligirse las heridas de sus manos, pies y costado, y hasta de abusar sexualmente de las mujeres penitentes. Tampoco faltó que se le acusara de ser un agitador político de un grupo fascista, y de haber incitado un motín.

Entre sus acusadores se incluyeron algunos de sus hermanos frailes capuchinos, sacerdotes, obispos y arzobispos, lo mismo que seglares católicos; uno estos últimos fue un médico romano y fundador del Hospital Universitario, que a ciegas declaró sobre el padre Pío que «es un ignorante y psicópata que se automutila para explotar la credulidad de la gente».

Entre 1924 y 1931 el fraile fue investigado por la Santa Sede, la que emitió una serie de declaraciones oficiales que negaban el origen sobrenatural de los estigmas del padre Pío, así como de sus otros dones.

En un momento dado, como los exámenes a los que fue sometido no encontraron evidencia de que el fraile se hiriera a sí mismo, dicha acusación finalmente fue retirada.

Pero entonces se dijo que las heridas eran psicológicamente autoinducidas porque el fraile se concentraba persistentemente en la pasión de Cristo. Esta vez el padre Pío no se pudo quedar callado, ante una acusación tan ridícula, así que respondió a sus acusadores: «Vayan por el campo, miren muy de cerca a un toro, concéntrense en él con todas tus fuerzas. Hagan esto y vean si a ustedes les crecen cuernos en la cabeza».

SUS PRINCIPALES ACUSADORES

Apareció por el convento del padre Pío el fundador de la Universidad Católica de Milán, el padre Agustín Gimelli, que además de franciscano también era médico, psicólogo de gran renombre y amigo del Papa Pío XI.

Gimelli pretendió, sin permiso escrito, revisar las heridas del fraile capuchino, así que éste se negó; entonces el médico lo difamó publicando un artículo en una revista popular diciendo que los estigmas eran de naturaleza neurótica, y el Santo Oficio se valió de esa opinión para declarar que no había constancia alguna de sobrenaturalidad en torno al padre Pío.

Su otro gran enemigo fue el arzobispo Pasquale Gagliardi de Manfredonia. Según el investigador Bernard Ruffin, en su libro Padre Pío: la verdadera historia, Gagliardi tenía inclinación a la sodomía y había sido acusado públicamente en varias ocasiones de abuso sexual y falta de castidad; además protegía a sacerdotes con las mismas tendencias; por ejemplo, en la ciudad de Vico nombró como arcipreste a un hombre que había sido arrestado y condenado tres veces por sodomía, y admitió en el ministerio a otro sacerdote que tenía un extenso historial policial por «pederastia continua y habitual».

Gagliardi emprendió una campaña contra el padre Pío, tratando de que se le sacara de San Gionvanni Rotondo, e incluso se pensó trasladarlo a Estados Unidos. Monseñor Gagliardi fue a Roma para entrevistarse con el Papa Pío XI el 2 de julio de 1922, donde dijo al pontífice: «Yo mismo lo he visto, lo juro: descubrí un frasco de ácido con el que se provoca las heridas y colonia para perfumárselas. El Padre Pío es un poseso del demonio y los monjes de su convento unos estafadores».

Así las cosas, el16 de mayo de 1923 el Santo Oficio procedió a su condena formal, negando el carácter sobrenatural de los carismas del padre Pío y ordenando su aislamiento.

LOS CASTIGOS

A raíz de estas cosas, la Santa Sede suspendió al padre Pío del ministerio sacerdotal público, por lo cual no podía celebrar la Misa delante de los fieles, le quedaba prohibido administrar el sacramento de la Confesión, tener cualquier aparición pública —ya no podía, por ejemplo, bendecir a las multitudes desde su ventana—, y hasta tener contacto con otra personas mediante cartas.

El fraile capuchino estuvo diez años —de 1923 a 1933— totalmente aislado del mundo exterior, encerrado en el convento.

Ruffin cuenta que en el verano de 1923, cuando Pío XI estaba a punto de suspender a divinis al Padre Pío, es decir, de despojarlo también del sacerdocio, se le apareció dentro del Vaticano un fraile capuchino que se arrodilló y besó sus pies, diciendo: «Su Santidad, por el bien de la Iglesia, no tome esta acción». Después pidió la bendición del Papa, volvió a besarle los pies, se levantó y se fue.

Cuando el Papa preguntó quién había dejado entrar al fraile, nadie lo supo. Los guardias negaron enérgicamente haber visto a ningún fraile entrar o salir. Al saber esto, el pontífice pidió a un cardenal que averiguara dónde estaba el capuchino Padre Pío en el momento preciso, y la respuesta fue: el santo había estado rezando en el coro de su convento, a más de 150 millas de distancia.

Después de esto, ya no se habló de suspender a Pío de sus facultades
sacerdotales.

SU REIVINDICACIÓN

Pero gente de bien, como el empresario Emmanuele Brunatto, exigió una investigación. Así se descubrió cómo Gagliardi y otros canónigos habían difamado intencionalmente al padre Pío, por lo que fueron sancionados. A Gagliardi, por ejemplo, después de conocerse numerosas pruebas que demostraban sus escándalos, se le despojó no sólo de las insignias episcopales sino incluso del estado clerical.

Por último, en 1933, Pío XI ordenó al Santo Oficio revertir la prohibición al padre Pío de celebrar públicamente la Misa; en marzo de 1934 se le permitió impartir el sacramento de la Confesión a los feligreses varones, y dos meses después a las mujeres.

El pontífice escribiría al cierre de la investigación: «No he estado mal dispuesto hacia el padre Pío, sino que me habían informado mal».

Sin embargo, la envidia humana continuaría, y a partir de 1959, a fin de que dejara de recibir donativos, diversos periódicos y semanarios empezaron a publicar artículos y reportajes mezquinos y calumniosos contra la «Casa Alivio del Sufrimiento», que había hecho construir el padre Pío para atender a los enfermos. Igualmente emitieron una serie de documentaciones falsas, y hasta llegaron a colocar micrófonos en su confesionario.

Un sacerdote de la zona, el padre Carlo Maccari, se sumó a esta ola de persecución contra el padre Pío, que en ese momento tenía 73 años de edad, acusándolo de mantener relaciones sexuales con las penitentes femeninas «dos veces a la semana». Más tarde, cuando el padre Maccari ya era arzobispo, admitió su mentira y pidió perdón en una retractación pública en su lecho de muerte.

Por su parte, algunas oficinas de la Curia Romana condujeron nuevas investigaciones, le quitaron al fraile la administración de la Casa Alivio del Sufrimiento al padre Pío, y recomendaron a los fieles no asistir a sus Misas ni confesarse con él. Esta última persecución duró hasta su muerte.

TEMA DE LA SEMANA: PADRE PÍO: EL MISTERIO DE LA SANTIDAD

Publicado en la edición impresa de El Observador del 17 de febrero de 2019 No.1232