El templo y beaterio de las Madres Rosas fue puesto bajo el patronazgo de santa Rosa de Viterbo. ¿Pero quién fue esta santa?

Rosa nació en Viterbo, Italia, entre 1233 y 1234. Era de una familia modesta, y su vida transcurrió en una casita de campo. A los 8 años de edad intentó que la admitieran en el convento de San Damián, que era de monjas clarisas, pero fue rechazada. Entonces decidió vivir como si fuera una religiosa en casa de sus padres, y en ello excedió de tal forma sus penitencias corporales que a veces llegaba a desmayarse.

Cuando tenía 17 años tuvo una visión en la que la Virgen le indicó buscar a una señora de nombre Zita para que le diera sin demora la túnica de las terciarias franciscanas, y a señoras y muchachas para ir con ellas en peregrinación en la fiesta de san Juan Bautista.

Parece que fue el mismo día de la peregrinación cuando se le apareció Jesucristo crucificado. Esta visión de la Pasión la llevó a una vida de mayor penitencia. Desde entonces se le veía caminando por la ciudad alabando públicamente a Dios y llevando una cruz entre sus manos.

Por esta vida suya, a pesar de que era una seglar, se le comenzó a llamar «predicadora apostólica». Efectivamente, predicaba sobre la Pasión de Cristo, consiguiendo que mucha gente de su ciudad se arrepintiera de sus pecados y acudiera al sacramento de la Reconciliación. Entonces fue atacada por los herejes de su tiempo, al grado que una noche tuvo que huir junto con sus padres, refugiándose en la localidad de Soriano del Cimino, donde continuó predicando y convirtiendo al pueblo.

Tras profetizar la inminente muerte del emperador Federico II Hohenstaufen, y de que esto se cumpliera, fue readmitida en Viterbo dieciocho meses después de su exilio. Cuando viajaba de regreso, pasando por varios poblados, devolvió la vista a una mujer ciega y además convirtió a Cristo a un hereje obstinado mediante la «prueba de fuego», con la cual ella se sometía al «juicio de Dios» de tal manera que las llamas no la quemarían si lo que ella creía y predicaba era verdadero. En la revista médica The Lancet, antropólogos del Museo Nacional de Chiesi que estudiaron minuciosamente el cuerpo de santa Rosa revelaron que efectivamente existen signos de que la santa pudo pasar varias horas en las llamas de una pira.

Ya de nuevo en Viterbo, quiso enclaustrarse en el convento de Santa María de las Rosas, pero las monjas damianitas (las clarisas) se negaron de nuevo. Entonces Rosa profetizó que aunque la rechazaban mientras estaba viva, tendrían que acogerla forzosamente cuando muriera.

Por consejo de su confesor, volvió a vivir la vida de clausura en su casa; luego unas amigas suyas se le unieron haciéndose terciarias franciscanas y se fueron a vivir cerca del convento de San Damián, entonces las monjas damianitas trataron de que el Papa Inocencio IV desaprobara esta naciente comunidad.

La santa murió a los 18 años de edad, probablemente de tuberculosis, el 6 de marzo de 1252. Inocencio IV ordenó ese mismo año que se recogieran todas las pruebas sobre la vida y milagros de santa Rosa, la cual fue sepultada sin ataúd bajo el pavimento de un templo, y allí estuvo año y medio hasta que se hizo el primer reconocimiento canónico del cuerpo, encontrándose que estaba incorrupto. El sacerdote de ese templo intentó erigir un monumento a la santa, pero las mojas damianitas recurriendo tanto al Papa Inocencio IV como a su sucesor, Alejandro IV, trataron de impedirlo.

En 1258, tal como santa Rosa profetizó, su cuerpo fue trasladado solemnemente al templo de las damianitas, ante las presencia del Papa Alejandro IV luego de que éste tuviera una aparición de santa Rosa donde le hacía esa solicitud de parte del Cielo.

El Papa Calixto III la canonizó en 1457 tras hacer estudiar algunos milagros, entre ellos: en 1357 se incendió el monasterio de las damianitas y todo quedó convertido en cenizas, incluso el ataúd de santa Rosa y lo que había en él, excepto su cuerpo, que fue encontrado íntegro y flexible.

TEMA DE LA SEMANA: EL RETORNO A CASA DE LAS MADRES ROSAS

Publicado en la edición impresa de El Observador del 24 de marzo de 2019 No.1237