Tiempo para todo, tiempo para nada. Sensaciones de agotamiento y cansancio mental. Respuestas inoportunas, información sin procesar, déficit de atención social, percepción lenta sobre los otros seres humanos, acumuladores de experiencias y datos, tareas retrasadas, vida acelerada, múltiples proyectos sin objetivos claros. Síntomas de la sociedad de la distracción

Por Mary Velázquez Dorantes

En el siglo XXI se ha dividido la realidad social en dos momentos: aquel donde la calma reina y no se adapta a las exigencias del nuevo mundo, y el segundo donde impera la velocidad sin paradas.

Sumando a esta realidad una vida hiperconectada, más formas de entretenimiento y dispersión, algunos antropólogos la han llamado «Sociedad de la distracción».

El hombre moderno vive en medio de ruidos imperantes sin tener su atención en un punto específico, las nuevas prácticas tecnológicas absorben su día a día, se «distrae» sin poner un mayor interés en los demás; sus puntos de concentración están divididos, sin tener una jerarquía en sus prioridades.

El pasado para estas generaciones es una foto en sepia, vista con nostalgia y en algunas ocasiones con pena y aburrimiento. Lo de hoy son los sobresaltos informativos, los debates en las redes sociales, el colectivo volcado a temas virales, una modernidad materializada en todos sus rubros, síntomas propios de una sociedad que no construye, sino que se distrae.

OPINAR: DERECHO DE EXPRESIÓN

Una de las principales características de la sociedad distraída es el exceso de «opiniones» que fluyen en el espacio conectado: redes sociales, foros y blogs se han convertido en el lugar preferido para hablar de temas, ¿cuáles?, ¡Todos! Pareciera que bajo la bandera de la libertad de expresión el hombre actual puede construir o destruir al otro con un «simple» comentario.

Dichos espacios donde se vacía todo lo que las nuevas generaciones consideran necesario decir, carecen de profundidad, perspectiva crítica pero, sobre todo, humana. El envío de mensajes, reacciones y comentarios es instantáneo. Algunos hacen leña del árbol caído, otros observan simplemente. Millones de personas vierten sus opiniones en la vida del otro; el pensamiento dejó de ser íntimo para volverse público.

Las ideas colisionan, el desprestigio al otro es el pan de cada día en las redes sociales, acompañado del insulto y la vulnerabilidad de los llamados débiles. Justo aquí se vierte la mayor cantidad de tiempo de las personas conectadas, la distracción sobre lo que el otro hace o deja de hacer.

OCUPADOS, SIEMPRE OCUPADOS

La nueva configuración de los individuos es tener una tarea sobre otra. Algunas sólo suceden en la vida mental de éstos, otras se vierten en tareas secundarias. La famosa era de la información es una cadena simbólica de ocupaciones.

De acuerdo con estudios sociológicos, en los últimos diez años se ha manifestado la sociedad más distraída de todos los tiempos; el tiempo ya no tiene limitantes, el efecto en la memoria es básico, cuesta demasiado recordar lo sucedido.

La concentración cada vez es más dispersa, el cerebro se manifiesta colapsado, la novedad es la máquina que sustituye a la refle-xión, los estímulos de las pantallas se vuelven adiciones.

Las personas viven distraídas por considerarse ocupadas, los hábitos son mecánicos, la sociedad mediática hace lo suyo para atraparnos en el mañana, mientras que el presente es tiempo que se vive al borde constante de ser pasado.

SIN RENDIMIENTO

Las competencias actuales indican vivir en la eficiencia y eficacia. No obstante, las estadísticas demuestran que la sociedad actual no tiene rendimiento. Las personas viven distraídas en todas sus esferas, la improductividad es la consecuencia mayor de los impactos productivos.

Los estudiantes no rinden en sus materias, los trabajadores no cumplen con sus tareas laborales, los espacios familiares han sido tomados por una tecnología nómada. El quehacer más importante para estas nuevas generaciones es no convertirse en personas desechables al momento de no saber cumplir con retos o desafíos que no tengan que ver con la evasión y la distracción misma.

El individuo tendrá que aprender a vivir sin una constante dispersión mental, aprender nuevamente las habilidades para comunicarse con el otro, dejar de considerarse omnipresente sólo porque está conectado al mundo digital, para entonces ser continuo y rendir en medio de los nuevos cambios del mundo.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 24 de marzo de 2019 No.1237