Escribe la historiadora y académica mexicana Elisa Vargaslugo Rangel que muchas veces «se ha señalado que en la pintura colonial los personajes sagrados ostentan rostros tan parecidos entre sí que parecieran ser hermanos». Es que en el estilo pictórico de América «no se cultivó el realismo, de tan importante desarrollo y altura en la España barroca. Sin embargo, se conservan algunas estupendas creaciones de esta modalidad». Y una de ellas, dice Vargaslugo, es el retrato de sor Ana de Neve.

Se trata de un óleo sobre tela, del siglo XVIII, de autor anónimo, que se encuentra en la sacristía del templo de Santa Rosa de Viterbo, en la ciudad de Santiago de Querétaro. En él se retrata a sor Ana María de San Francisco de Neve, quien fuera interna del Colegio de Santa Rosa de Viterbo de Querétaro y posteriormente novicia del Convento de la Purísima Concepción de México.

Sin duda se trata de uno de los mejores y más hermosos retratos de la pintura colonial de México, además de que es prueba de que en América sí hubo, pues, artistas con suficiente habilidad para haber podido plasmar el realismo pictórico.

De esta estupenda pintura se ha dicho mucho: que es la «Mona Lisa» mexicana; que, por su realismo, es la «monja que se sale del cuadro»; pero también «la monja de los ojos abismales y los labios inquietantes».

Su supuesto fantasma

Como ocurre respecto de muchas otras construcciones viejas, la gente dice que el convento de Santa Rosa de Viterbo posee fantasmas, y la imaginación se ha encargado de construir leyendas sobre ello. Tomando como base los calificativos artísticos del retrato de sor Ana de Neve, se ha asegurado que literalmente la monja se sale del cuadro y que deambula por el edificio; o que se escuchan llantos, murmullos y hasta sonidos de cadenas, por lo que seguramente se trata de «el alma en pena de sor Ana». Para hacer esto más creíble hubo que inventar diversos cuentos trágicos, el más popular de ellos: que la hermosa novicia fue enviada por la fuerza al convento por su adinerada familia tras que la encontraron con un hombre; entonces, separada de su amor, ella se suicidó en el convento y desde entonces deambula como alma en pena.

Estas leyendas no toman en cuenta que sor Ana no dejó ese lugar en un ataúd, sino que salió para ingresar en la ciudad de México a otro convento.

Otra cosa: en santa Rosa de Viterbo debieron morir muchas personas, pues por casi cien años fungió como hospital.

TEMA DE LA SEMANA: EL RETORNO A CASA DE LAS MADRES ROSAS

Publicado en la edición impresa de El Observador del 24 de marzo de 2019 No.1237