Parecieran cien años. El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, ha puesto un activismo inusual en sus primeros tres meses y medio de mandato. Las «mañaneras» no solo pautan la agenda, ponen cada día al país, al gabinete, a la prensa de cabeza.

El balance, según quién lo vea, es positivo o negativo. Lo que resulta muy peligroso para el país es que todo dependa de un hombre, y de su aparición ante los medios acreditados apenas ha despuntado el alba. La institucionalidad del gobierno se convierte en ocurrencia del día. Y el gabinete es una comparsa que toma notas y asume que el plan es que no hay plan, que el aviso es que no hay aviso y que la línea es la palabra del presidente.

La historia es terca y enseña, a quien desee estudiarla, que la concentración del poder en un solo ser humano –por más talentoso, simpático, ocurrente, dicharachero y capaz que éste sea– acaba desgastando brutalmente a la persona y al país que encabeza. La serenidad es el cimiento de políticas públicas sólidas, encaminadas al bien común.

Serenidad es lo que no se vislumbra por ninguna parte en el gobierno de López Obrador. Es tiempo de que meta el freno. A él que tanto le gustan los refranes habrá que recordarle que si bien «Al que madruga Dios le ayuda», también es cierto que «No por mucho madrugar amanece más temprano».

Porque, hay que decirlo con todas sus letras, lo que trae entre manos es a 125 millones de mexicanos que hay que impulsar con medidas concretas y dignas, con medidas solidarias y subsidiarias. A los 60 millones de pobres, no «dándoles el pescado», sino «enseñándolos a pescar». Al resto, protegiendo sus empleos, sus empresas. Y a todos, cuidando la paz.

El Observador de la Actualidad                                                                              

Publicado en la edición impresa de El Observador del 17 de marzo de 2019 No.1236