¿Por qué nos cuesta tanto abrir el corazón a Dios? La respuesta no es fácil. Implica muchas variables. Cada uno tiene sus propias razones para abrir o no el corazón a Dios. Solamente para mencionar algunas, puede ser desde la educación y formación que recibimos en la familia, las amistades que tuvimos desde la infancia, o el mundo con sus falsas propuestas, la educación recibida en las escuelas y la universidad. Sin mencionar posibles traumas y problemas familiares que tuvimos en el pasado. Aquí tres consejos para lograr abrir nuestro corazón:

Descubre en Dios una persona real

En primer lugar, descubrir en Dios una persona real, que nos envió a su propio y único Hijo. Jesús, aunque estuvo entre nosotros hace poco más de 2000 años, es una persona real, con quien puedo relacionarme, así como estamos reflexionando ahora juntos. Esto lo hacemos por medio de la oración, conocerlo a través de las Escrituras, la participación asidua a los sacramentos, y cómo no mencionar a nuestra Madre, la Virgen María.

Reconoce tu fragilidad

Reconocer nuestra condición de fragilidad, debilidad y que muchas veces nos sentimos solos, tristes y desamparados. Es una experiencia más común de lo que uno puede imaginar.

Con mucha humildad debemos aceptar esta condición, para darle «espacio» al amor de Dios. La persona autosuficiente, que cree tener todo bajo control, «no necesita» de Dios.

No temas, lo mejor está por venir

No tengamos miedo de abrir el corazón a Dios. ¿Qué puede pasar? En verdad, preguntémonos: ¿Qué puede pasar si le abrimos de par en par nuestro corazón al amor de Dios?, ¿qué vamos a perder? Yo llamo a esto: el «salto de la fe». Como un trapecista que confía que su amigo cogerá sus manos, mientras está flotando en el aire.

«Jesús les dijo en seguida: ‘¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!’ Pedro le contestó: ‘Señor, si eres Tú, mándame ir hacia Ti andando sobre el agua’. Él le dijo: ‘Ven’. Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua. (Mateo 14, 22–36)». Así como Pedro, confiemos en las palabras de Nuestro Señor, y no tengamos miedo de lanzarnos hacia sus brazos amorosos.

Con información de CatholicLink

Publicado en la edición impresa de El Observador del 17 de marzo de 2019 No.1236