Un día después de la muerte de  Jérôme Lejeune, el demógrafo luterano Pierre Chaunu, en una sentida semblanza de homenaje, dijo del genetista católico: «Más impresionantes y más honrosos aún que los títulos que recibió son aquellos de los que fue privado en castigo a su rechazo de los horrores contemporáneos… No podía soportar la matanza de los inocentes; el aborto le causaba horror. Creía, antes incluso de tener la prueba irrefutable, que un embrión humano es ya un hombre, y que su eliminación es un homicidio; que esta libertad que se toma el fuerte sobre el débil amenaza la supervivencia de la especie y, lo que es más grave aún, a su alma. Era un sabio inmenso, más aún, un médico, un médico cristiano y un santo».

El médico francés Jérôme Lejeune (1926 – 1994), en proceso de beatificación, es considerado como el padre de la genética moderna gracias a los descubrimientos que hizo, en cooperación con otros investigadores, de diversas enfermedades de origen genético.

Católico fiel a la verdad, también supo defender el valor de la vida humana  en todas las situaciones. Pero esto mismo llevó a que fuera rechazado.

Ciertamente recibió diversos reconocimientos por sus investigaciones; por ejemplo, en 1959, el premio «Pellman»; en1962, el «premio Kennedy»; en 1965, la titularidad de la primera cátedra de genética fundamental en París; la medalla de plata del CNRS y el «Jean Toy» de la Academia de Ciencias de Francia; y el doctorado  Honoris causa en España por la Universidad de Navarra.

Pero si bien en 1970, por la enorme importancia de sus descubrimientos, fue candidato para obtener el Premio Nobel de medicina, y además todos daban por hecho que desde el punto meramente científico era el lógico ganador, la política se encargó de  negarle el triunfo; sin embargo, él ya sabía que así sucedería.

Es que con motivo de otro galardón obtenido en EUA, el «William Allan Memorial Award» en 1969,  Jérôme se había dado cuenta de que la mayoría de los médicos que participaban en la ceremonia lo admiraban porque, gracias a su descubrimiento, podían extraer un poco del líquido amniótico que rodea al feto para determinar si presentaba trisomía 21 (síndrome de Down) para entonces abortar al bebé.

Entonces, tras recibir el premio, Jérôme debía pronunciar una conferencia ante sus colegas, y en ella explicó: «La naturaleza del ser humano está contenida tras la concepción en el mensaje cromosómico, lo que le diferencia de un mono o de un pato. Ya no se añade nada. El aborto mata al feto o embrión, y ese feto o embrión, se diga lo que se diga, es humano».  Y este discurso, políticamente incorrecto, enfureció a los presentes.

En su diario anotó entonces:

«El racismo cromosómico es esgrimido como un estandarte de libertad. Que esa negación de la medicina, de toda la fraternidad biológica que une a los hombres, sea la única aplicación práctica del conocimiento de la trisomía 21 es más que un suplicio».

En 1970 hubo en Francia un proyecto de ley de aborto «terapéutico», que buscaba legitimar el asesinato de los no nacidos en el caso de que  existía la trisomía 21, y Jérôme se opuso firmemente. Esto causó que cayese en total desgracia ante el mundo «progresista».

Desde 1962  Jérôme había sido designado como experto en genética humana de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la cual, como organismo especializado de la ONU, acabó abrazando la ideología abortista. Pero, con todo valor,  Lejeune denunció en 1970 a la OMS: «He aquí una institución para la salud que se ha transformado en una institución para la muerte».

Esa misma tarde,  en una carta a su esposa, escribió: «Hoy he perdido el Nobel de medicina».

Efectivamente, para la Academia Sueca pesó más que Jérôme fuera un científico provida que toda su trayectoria y aportes a la ciencia, por lo que no le concedió el Premio Nobel de medicina.

Además Lejeune rechazó los conceptos ideológicos anticientíficos que se utilizan para justificar el aborto, como el de «pre-embrión».

De este modo, el genetista cayó en desgracia ante el mundo, y por el sólo hecho de decir la verdad se le acusó que querer imponer su fe católica en el ámbito de la ciencia, le cortaron los donativos para sus investigaciones, no pudo escribir ni hablar más en los medios de comunicación, y dejaron de invitarlo a los congresos internacionales de medicina.

Dedicó el resto de su vida al cuidado y la defensa de los niños con síndrome de Down, y ayudaba a las madres embarazadas de estos niños para que no abortaran.

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: EL CIENTÍFICO QUE PERDIÓ EL NÓBEL POR RECHAZAR EL ABORTO

Publicado en la edición impresa de El Observador del 31 de marzo de 2019 No.1237