Por José Francisco González González, obispo de Campeche

La resurrección de Jesús demuestra que la muerte no ha podido con Jesús. ¡El Crucificado está vivo. Dios lo ha resucitado! Así lo han experimentado, de una manera muy cercana, los discípulos. Es una noticia que les supera en toda lógica humana de reflexión.

Aunque hay algunos testimonios, nadie sabe qué pasa exactamente en la muerte, y menos aún qué puede suceder si alguien es resucitado por Dios después de la muerte.

La idea de Resurrección en los Evangelios se expresa con dos términos: “despertar” (egeiren, en griego) y “levantar” (anistanai, en griego). Esos términos metafóricos nos hacen entender como si Dios mismo bajara al país de la muerte (sheol, en hebreo), donde todo es oscuridad, silencio y soledad. Allí yacen los muertos, cubiertos de polvo, dormidos en el sueño de la muerte. De entre ellos, Dios “ha despertado” a Jesús, el crucificado, lo ha puesto de pie y lo “ha levantado” a la vida. En todo esto, subyace la actuación amorosa de Dios, su Padre.

Así pues, “resucitar” es ya ser exaltado; es decir, ser introducido en la misma vida de Dios. Y “ser exaltado” es resucitar, ser arrancado del poder de la muerte. Cuando se habla de resucitar “al tercer día”, quiere decir, que esa transformación aviene en “el día decisivo”. Después de los días de sufrimiento y tribulación, el “tercer día” trae la salvación.

Basta ver cómo lo escribe el profeta Oseas: “Venid, volvamos a Yahvé […]. Dentro de dos días nos devolverá la vida, al tercer día nos levantará y viviremos en su presencia” (6,1-2). Jesús al tercer día ha entrado en la salvación plena. Nosotros estamos aún en los días de prueba y sufrimiento, pero con la resurrección de Jesús ha amanecido “el tercer día”.

LA RESURRECCIÓN ES REALIDAD

Cabe anotar que este lenguaje no era aceptado en la cultura griega. Cuando los misioneros recorrían las ciudades del imperio, la gente se resistía a la idea de “resurrección”. Baste recordar cuando Pablo se encuentra en el Areópago en Atenas. Todo iba a la perfección. El discurso estructurado de Pablo es una obra maestra de la oratoria clásica. Pero cuando tocó el asunto de la resurrección, la gente se comenzó a retirar y a decirle: “De eso te oiremos en otra ocasión” (Hech 17,32).

Por eso, Lucas, de formación griega, habla más bien de Jesús como “el que está vivo”, o también, como “el viviente”. A las mujeres que van al sepulcro a buscarle, les dice: “¿por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” (Lc 24,5), y el autor del Apocalipsis también se pone en esta línea: “Soy Yo, el primero y el último, el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo en mi poder las llaves de la muerte y del abismo” (1,17s).

Por consiguiente, la resurrección es algo que le ha sucedido a Jesús. no es la imaginación de sus seguidores. Es un hecho real, no producto de la fantasía, de la reflexión o del contagio colectivo.

VIVIR LA ALEGRÍA DE DIOS

Esta resurrección no es un retorno a su vida anterior en la tierra. Jesús no regresa a esta vida biológica que conocemos para morir un día de manera irreversible. La resurrección no es reanimación de un cadáver. Es mucho más. No es la revivificación  de Jesús como la que experimentó Lázaro, y la hija de Jairo o el joven de Naín.

Jesús no vuelve a la vida, sino que entra definitivamente en la “Vida” de Dios. Y vivir en Dios es vivir en la alegría que no tiene fin; es vivir en la Luz que no tiene ocaso; es dejar toda sombra y tiniebla para estar en el esplendor de la Gloria del Padre.

Acompañemos a los jóvenes en su Marcha de la Alegría, que realizan por algunas vías de la ciudad de Campeche, para dar muestra de que vivir en Dios contrae la alegría de participar de la victoria de Cristo; por eso, los coloridos globos, la alegre música, las naturales sonrisas.

¡Cristo Vive!