De la oración en el huerto hasta la coronación con espinas

Para analizar los pormenores clínicos de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo hay que analizar tanto los testimonios escritos —principalmente los Evangelios—, como las reliquias de la Pasión —sobre todo el Sudario de Turín (también llamado Sábana Santa o Síndone)—, vistos a la luz de los avances de la ciencia.

Se han hecho ya varios estudios, y la conclusión científica existente acredita que Jesús padeció y sufrió el más cruel de los castigos.

Aunque la pena de muerte a través de la crucifixión no fue inventada por el Imperio Romano, lo que sí sucedió es que éste se encargó de «perfeccionarla», por decirlo así, ya que su intención no era simplemente quitar la vida, sino hacerlo de la manera más horrible, aplicando el máximo dolor y sufrimiento.

POR QUÉ SUDÓ SANGRE

Pero la pasión del Señor no comenzó en la cruz, sino durante la oración en el Huerto de los Olivos, la noche del Jueves Santo: «En medio de la angustia, Él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo» (Lc 22, 44).

En medicina se llama hematidrosis o hematohidrosis al fenómeno poco frecuente por el cual se suda sangre. El médico español Ángel Rodríguez Cabezas, que en 2002 publicó con el psiquiatra José María Porta Tovar el libro El dolor de Cristo. Análisis médico y psiquiátrico de su pasión, explica que, para que haya hematidrosis tiene que producirse en el individuo un caso de ansiedad realmente extrema. Por ejemplo, se han llegado a presentar algunos casos de hematidrosis en reos condenados a muerte, minutos antes de su ejecución.

En su parte humana, Cristo debió de estremercerse del más inimaginable horror a causa de todos los padecimientos físicos por los que sabía que estaba a punto de pasar a fin de pagar en su propia carne la deuda por los pecados no de uno, ni de diez o de cien personas, sino de todos los hombres de todos los tiempos. Así que clamaba: «Padre, si quieres, aleja de Mí este cáliz» (Lc 22, 42).

Pero, como como Jesús no sólo es verdadero Hombre sino verdadero Dios, al terror humano por las torturas que le esperaban se sumaba el doloroso conocimiento de todo el mal del presente, del pasado y del futuro; muchos santos atestiguan que a Jesús le fueron mostrados los pecados concretos de todos y cada uno de los hombres, lo que le hacía gemir, llorar, estremecerse y retorcerse, y que lo que más le dolió al Señor fue ver cómo, en el futuro, los propios cristianos seguirían ofendiéndolo: vio las herejías, la frialdad, la corrupción, las inmoralidades, las profanaciones, las mentiras y la malicia que éstos cometerían aun conociendo lo que le causan con ello a su Salvador.

Habiendo sufrido Jesús en el Huerto de los Olivos como nadie lo ha hecho ni lo hará, más bien sería extraño que su sagrado Cuerpo no hubiera experimentado sudor de sangre.

SU ARRESTO Y SU JUICIO

Cuando Jesús fue arrestado por los oficiales del templo, no pudo haber sido tratado con dignidad es decir, conforme a los derechos humanos. Con la misma brusquedad lo hicieron recorrer 4 kilómetros a pie desde el Huerto de los Olivos hasta los lugares donde se celebraron los distintos juicios judíos y romanos.

Seguramente llegó ya deshidratado y golpeado a los primeros interrogatorios, y en ellos sufrió continuos insultos y vejaciones. El Evangelio recoge que en la casa de Caifás éste interrogó a Jesús sobre sus enseñanzas, y tras que el Señor le contestó, «uno de los guardias allí presentes le dio una bofetada, diciéndole: «‘¿Así respondes al Sumo Sacerdote?’» (Jn 18, 22).

Algunos místicos afirman que ese golpe fue dado con un guante de hierro. El Sudario de Turín muestra que el Señor tenía una excoriación en el pómulo, además del tabique nasal quebrado por el golpe; igualmente se observa que tenía múltiples magulladuras, pues Jesús, desde que fue apresado hasta prácticamente el momento de morir, recibió continuamente golpes que le fueron desfigurando la cara.

Dice el Evangelio que después de que el Sumo Sacerdote se rasgara las vestiduras y sentenciara que Jesús merecía la muerte, «algunos comenzaron a escupirlo [a Jesús] y, tapándole el rostro, lo golpeaban, mientras le decían: ‘¡Profetiza!’. Y también los servidores le daban bofetadas» (Mc 14, 65).

DATOS DE LA FLAGELACIÓN

Entre los romanos la pena de flagelación se realizaba con látigos de cuero que tenía dos o tres tiras, y en cada tira sujetadas bolas, puntas o garfios de hierro o huesecillos, con los que literalmente la piel y hasta parte de los músculos era arrancada. Y no era nada raro que estas flagelaciones produjeran la muerte.

Los estudios de la Sábana Santa concluyen que la flagelación del Señor pudo durar entre 25 y 30 minutos, que fue azotado por dos verdugos —uno a su izquierda y otro a su derecha, siendo el de la izquierda más bajo de estatura pero más sádico—, y que los látigos que hirieron al Señor en la espalda, los glúteos y las piernas, y algo también en el pecho y la zona genital, eran de dos tiras y con bolas de hierro.

La ley judía permitía un máximo de 39 latigazos, pero la ley romana era otra cosa. El Sudario de Turín muestra 120 azotes puesto que hay 120 marcas simétricas, la mayoría en la espalda.

La epalda del Señor quedó tan desgarrada que la espina dorsal quedó expuesta, las laceraciones cortaron los músculos y la carne desgarrada sangró abundantemente provocando una importante pérdida de sangre y plasma, lo que aumentó fuertemente el cuadro de deshidratación que Jesús presentaba desde la noche a causa del sudor de sangre.

LA CORONA DE ESPINAS

La corona que los soldados romanos tejieron era una burla cruel a un Hombre que había afirmado ser rey.

Hay dos teorías acerca de la corona de espinas: una, que haya sido en forma de anillo, como generalmente se les representa. La otra, que tuviera la forma más bien como de casco.

La imagen de la Síndone muestra lesiones distribuidas por las regiones frontal, tempo-parietales y parieto-occipitales de la cabeza de Cristo. Todos los investigadores coinciden en que se trata de lesiones provocadas por objetos punzantes en el cuero cabelludo que, debido a su gran número, produjeron una hemorragia múltiple y un agudísimo dolor. Estas lesiones parecen encajar más con la idea de que la corona pudo tener la apariencia de casco, tal como san Vicente de Lerins escribió en el siglo V: «Tenía forma de pileus, de manera que ella recubría y tocaba la cabeza por todas partes». En latín pileus quiere decir «copa», y era el nombre que se le daba a un gorro que solía usarse durante el trabajo.

Los estudios de la Sábana Santa muestran 33 heridas en la cabeza del Señor provocadas por las espinas.

Pero como en la imagen impresa en este lienzo no grabó las partes laterales de su santa Cabeza, es de suponer que el número real de heridas haya ascendido a unas 50.

D. R. G. B.

TEMA DE LA SEMANA: LA DOLOROSA PASIÓN DE JESÚS

Publicado en la edición impresa de El Observador del 25 de marzo de 2018 No.1185