Revelaba Jean Vanier que cuando convivió por primera vez en una residencia con personas que padecían discapacidades mentales él «no tenía ningún plan», pero «despertaron mi corazón».

Luego visitó hospitales de larga estancia que albergaban a muchos discapacitados. Eran «enormes muros de concreto, 80 hombres viviendo en dormitorios y sin trabajo. Me sorprendieron los gritos y la atmósfera de tristeza».

Jean Vanier llegó a la conclusión de que la abrumadora necesidad de los hombres era la amistad. Así que en agosto de 1964, después de renunciar a su trabajo como profesor de filosofía en la Universidad de Toronto, compró una pequeña casa en ruinas sin tuberías ni electricidad en la aldea de Trosly-Breuil, al norte de París, e invitó a dos hombres con discapacidades de aprendizaje, que habían estado viviendo en un asilo y carecían de familia, a irse a vivir con él.

La idea de Vanier era que la pequeña casa se convirtiera en un hogar donde los tres compartieran la vida doméstica, comprando, cocinando y lavando juntos. Esa fue la primera comunidad de El Arca.

¿CASTIGO DE DIOS?

«La pequeña Arca está hecha de personas bien frágiles y débiles, de gente que a menudo ha sido vista como una desgracia por sus padres e incluso a veces como un castigo de Dios», señalaba Vanier.

Más bien el problema es de relación: «Si esa persona absolutamente inocente no puede relacionarse con los demás desde la razón y lo hace con el corazón, con la afectividad, la mirada, el tacto, el gesto mínimo, y el resto de nosotros no consigue entrar en relación con ella, es porque padecemos de una discapacidad del corazón que necesita ser sanada», escribió.

Estas personas discapacitadas «sufren al sentir que nadie intenta comprenderlas». Por eso, «cuando estamos con ellas, no podemos tener prisa. Encuentran su alegría en la relación; su ritmo es el del corazón».

LA MISIÓN DE EL ARCA

«En El Arca, la misión esencial de los asistentes no es hacer cosas para las personas con discapacidades, sino más bien hacerse amigos suyos, hermanas y hermanos suyos. Estamos unidos en una alianza de amor; somos miembros de la misma familia. Esto no excluye, claro está, que hagamos cosas para ellos…, [pero] lo específico: en El Arca es la alianza de amor que nos une a todos».

«En el Arca estamos descubriendo nuestra propia terapia, muy diferente a la terapia de los hospitales, y diferente también a la terapia fundada únicamente en medicamentos o en psicoanálisis. Es una terapia basada en una relación auténtica vivida en una comunidad, en un trabajo y en una verdadera vida espiritual».

UN LUGAR PARA TODOS

El Arca no es un movimiento confesional, pero sí apunta a la búsqueda de la paz interior y a que ésta reine entre todos los hombres, especialmente los que padecen dificultades mentales. «Obrar la paz es acoger a aquel que está cerca, que molesta y es desagradable… No es un rival ni un enemigo, sino un hermano en humanidad, herido como nosotros», dijo Jean Vanier.

Por eso en las comunidades de El Arca conviven hermanados musulmanes y cristianos, árabes, judíos y palestinos, y esta unidad en comunión demuestra que la paz es posible.

«La gente viene a la comunidad porque quiere ayudar a los pobres. Se quedan en la comunidad porque se dan cuenta de que ellos son los pobres», concluía Jean Vanier.

EL ARCA EN EL MUNDO

El mensaje de El Arca se desparramó por el mundo:

hoy en día hay 168 comunidades de El Arca, repartidas en 37 países en 5 continentes. En ellas se acoge a más de mil 200 personas con discapacidad intelectual.

Se les ofrece un hogar, talleres, programas diurnos y redes de apoyo según las necesidades de los discapacitados y la disponibilidad de recursos locales. Las comunidades las gestionan asociaciones locales sin ánimo de lucro, y se financian a través de la solidaridad.

ASÍ SE VIVE EN LAS COMUNIDADES DE EL ARCA

A diferencia de otras casas hogares donde hay turnos para cuidar a los beneficiarios, en El Arca viven en el mismo hogar las personas acogidas (o PAs. Así se les llama a quienes padecen discapacidad intelectual) y los asistentes, compartiendo la vida cotidiana con sus altas y bajas, como en una verdadera familia.

Los quehaceres se reparten entre todos, las celebraciones las planean juntos, y las personas acogidas son los miembros eje. Durante el día ellas salen a realizar sus actividades en los propios talleres de la comunidad o en alguna otra organización según sus necesidades y deseos. Se elabora para cada persona acogida un proyecto personal que toma en cuenta sus retos y sus anhelos, ayudándolos además a descubrir y desarrollar sus habilidades, que los ayuda a alcanzar una mayor autonomía y bienestar.

La mayoría de las comunidades son pequeñas y los residentes suelen quedarse por décadas.

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: LOS SUEÑOS DE UN GIGANTE

Publicado en la edición impresa de El Observador del 19 de mayo de 2019 No.1245