La Iglesia se está quedando sola en la atención a los miles de migrantes centroamericanos que cruzan por el país hacia Estados Unidos. ¿Sola? No. En un gesto de extraordinaria cercanía, el Papa Francisco acaba de donar medio millones de dólares a la Iglesia de México para reforzar sus albergues y programas de atención a los migrantes.

Los albergues de organizaciones católicas y parroquias diseminados en el país están rebasados. La política del presidente Andrés Manuel López Obrador, a través del Instituto Nacional de Migración, ha sido ambivalente: por un lado, reconocimiento de los derechos del migrante y por el otro deportando miles de personas.

Esto último obedece a la presión ejercida por el principal socio comercial de México, Estados Unidos, cuyo presidente Donald Trump ha amenazado con cerrar las fronteras si «México no detiene y deporta a los migrantes» en su tránsito por el país.

Desde luego, nada de esto importa a la atención de los migrantes por parte de la Iglesia y del Papa Francisco, quien ha llamado, de forma incansable, a los países de tránsito y receptores de las nuevas oleadas migratorias, a acogerlos como si se acogiera a Cristo… o a la Sagrada Familia en Egipto.

El dinero donado por el Papa Francisco proviene del Óbolo de San Pedro, mismo que se recibe cada año y con el cual el Papa financia obras de caridad de la Iglesia en el mundo. Será destinado, según el anuncio hecho este fin de semana por la Santa Sede a través de 26 proyectos tanto diocesanos (16) como de organizaciones católicas «para seguir dando alojamiento, comida y artículos de primera necesidad a los migrantes». Eso se llama solidaridad. Y no patrañas políticas.

El Observador de la Actualidad

Publicado en la edición impresa de El Observador del 5 de mayo de 2019 No.1243