Por Modesto Lule MSP

Dentro del apostolado que realizamos los Misioneros Servidores de la Palabra con la revista Inquietud Nueva, recorremos varios estados del país. Conocemos muchas iglesias con sus sacristías. En una de ellas me encontré con un Cristo no muy común, ya que nunca lo había visto. Estaba un tanto escondido en un rincón de la sacristía, pero le pedí al sacristán me dejara tomarlo. Así lo hice y pude constatar que el crucificado no era Jesús, más bien era el llamado Buen Ladrón.

La tradición llama a este Buen Ladrón Dimas, y es Buen Ladrón porque supo robarse el Cielo en el momento más doloroso de su vida. «—Jesús, acuérdate de mí cuando comiences a reinar. Jesús le contestó: —Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.» (Lc.23, 42-43) Varias actitudes contribuyen a que Jesús le haya dado pase al Cielo directamente.

La primera: Dimas fue humilde, supo reconocer que se había equivocado en su vida pasada y sabía que lo que estaba sufriendo era algo que el mismo había propiciado. Segunda cosa: Dimas vivió su presente. No miro el pasado como una maldición, ni se aferró a un pasado. Vivía el presente. Era un ladrón que pagaba sus culpas en una cruz conforme al castigo de los romanos. Ese era su presente y lo quería vivir con Cristo, con nadie más.

No añoraba a su familia, ni sus bienes, ni pensaba en la gente que lo maldecía, ni en sus compañeros de robo. Pensaba en Cristo. Nosotros podemos cometer un error en nuestras vidas al vivir en el pasado o querer vivir en el futuro, sin vivir con toda intensidad el presente. Vivir del pasado o del futuro es vivir de fantasmas. Son cosas que están en la mente pero no están en el ahora.

Aprender del pasado, no vivir en el

Es verdad que el futuro puede ser más inmediato que el pasado, ya que el futuro depende del presente, pero aun así no deja de ser solamente algo que aún no es una realidad. El pasado es un imposible, porque es algo que ya no volverá a repetirse, ni se podrá modificar.

Una cosa es que aprendamos del pasado, otra que vivamos del pasado. Algo así le pasó a la esposa de Lot cuando se alejaban de Sodoma. Les habían dicho los ángeles que los sacaron de sus casas que para salvarlos tenían que dejar su pueblo, Sodoma. Les dieron además una indicación: «Cuando salgan del pueblo no miren hacia atrás…Pero la mujer de Lot, que venía siguiéndole, miró hacia atrás y allí mismo quedó convertida en una estatua de sal». (Gén. 19, 26)

Nadie puede caminar en este presente mirando al pasado, ya sea porque lo añore mucho, o porque le ha dejado marcado con un dolor muy grande. Las etapas vividas son como esos capítulos de un libro ya terminados. Hay que cerrarlos y seguir con los siguientes. Guardar quizá alguna experiencia que sirva como ayuda para no volver a tropezar con la misma piedra o como referencia para animarse en el futuro y seguir caminando, pero no para volver a revivir eso como si fuera el sostén de nuestro presente ni mucho menos para abrir más una herida provocada por algo violento.

Dimas, el Buen Ladrón, pudo reflexionar en el último instante de su vida para poderlo vivir conforme a su presente. Logró reconocer quién era y supo pedir lo que necesitaba.

Nos podemos convertir en estatuas, cuando nos aferramos a un pasado o a un futuro dejando escapar el presente. 

Qué el día de hoy podamos vivir ese presente en toda su intensidad pidiéndole a Dios fuerzas para zarpar del pasado y vivir este presente con todas sus consecuencias.

Hasta la próxima.