El austriaco Maximiliano de Habsburgo encabezó el Segundo Imperio Mexicano entre 1864 y 1867, aunque nominalmente éste comenzó en 1863, teniendo como regente al general Juan Nepomuceno Almonte, veterano de la batalla de El Álamo.

Su caída se debió, por un lado, a que Francia le retiró el apoyo y protección a Maximiliano a causa de los conflictos que ésta misma padecía; y, por otro lado, al fortalecimento en México del partido liberal republicano, el cual no se habría logrado sin, igualmente, la ayuda abierta de otra nación, en este caso de Estados Unidos.

De este modo, el grupo republicano vio la oportunidad de tomar el poder por la vía de las armas, mientras que el ejército del Segundo Imperio Mexicano resistió lo que pudo, hasta que finalmente se atrincheró en la ciudad de Querétaro, la cual fue sitiada por los republicanos.

El Sitio de Querétaro inició el 6 de marzo de 1867 y duró 71 días, hasta la rendición de Maximiliano cuando supo que ya no había ninguna esperanza.

Benito Juárez, el líder de los republicanos, dio instrucciones de someter al emperador y a sus generales Tomás Mejía y Miguel Miramón a un «consejo de guerra» a fin de enjuiciarlos. El «consejo de guerra» fue formado por un teniente coronel como presidente, y seis jóvenes capitanes, todos ellos republicanos y, por tanto, no imparciales. Por eso nadie dudaba de que el destino final de Maximiliano y los dos generales sería el paredón.

Llevado a cabo el juicio en ausencia del monarca porque estaba enfermo, se le hicieron trece acusaciones, entre ellas:

  • Ser instrumento de la intervención francesa;
  • Usurpar la soberanía nacional;
  • Haber venido a «oprimir» al pueblo;
  • Atentar contra la Constitución republicana liberal de 1857;
  • Y, en resumen, de «los delitos contra la independencia y la seguridad de la nación, contra el derecho de gentes, contra las garantías individuales y contra el orden y la paz pública», según palabras textuales de la acusación formulada el 21 de mayo de 1867 por el Ministerio de Guerra y Marina a través del general republicano
    Mariano Escobedo.

Gran parte de las acusaciones que se le hicieron a Maximiliano y a los imperialistas —todas ellas de carácter meramente político— en realidad también podrían habérsele hecho a Juárez y a los republicanos si éstos hubieran sido los vencidos —por ejemplo, ambos bandos habían permitido las intervenciones extranjeras, por lo que ambos traicionaron la soberanía de México—; pero se trataba no de un asunto de justicia sino de un acto político.

La sentencia de «culpabilidad» del acusado y sus generales estaba, pues, acordada de antemano. En cuanto al castigo, tres capitanes del «consejo de guerra» votaron por la pena de muerte y otros tres por el destierro perpetuo, por lo que al presidente del consejo le tocó desempatar votando por la pena de muerte.

Aunque Juárez recibió no sólo desde el extranjero sino sobre todo desde el mismo pueblo mexicano numerosísimas solicitudes de que se le perdonara la vida a Maximiliano, se negó terminantemente a concedérselo, pero a la vez le echó la culpa de este asesinato político al mismo pueblo que pedía el indulto.

Así, a la princesa Agnes —estadounidense casada con el príncipe europeo Félix de Salm Salm—, que fue a rogarle literalmente de rodillas que no matara a Maximiiano, le contestó Juárez en voz alta para que todo el mundo se enterara:

«Me da pena, señora, verla arrodillada a mis pies. Pero aunque todos los reyes y reinas de Europa estuviesen en su lugar, yo no podría perdonarle la vida. No soy yo el que se la quita, es mi pueblo y es la ley, y si yo no cumpliese su voluntad, el pueblo se la quitaría y, además, también la mía».

El pueblo mexicano ni odiaba a Maximiliano ni creía que fuera necesario asesinar a nadie más para garantizar el futuro de México, y todos sabían que si el emperador era desterrado a Europa, nunca más se metería en los asuntos del país.

Pero Juárez quería mostrarse como un político sin temor al poder europeo. Así que fusiló a Maximiliano de Habsburgo, y con él a Tomás Mejía y Miguel Miramón, generales tan honorables que no huyeron como sí hicieron otros cuando vieron venir el final definitivo del Segundo Imperio.

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: EL JUICIO DE MAXIMILIANO, EL OTRO LADO DE LA HISTORIA

Publicado en la edición impresa de El Observador del 16 de junio de 2019 No.1249