Monseñor Carlos Garfías Merlos es originario de Morelia. Actualmente funge como vicepresidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano. Hace 23 años fue consagrado obispo. Su ministerio episcopal lo ha desarrollado en las diócesis de Torreón y Ciudad Netzahualcóyotl, así como en las arquidiócesis de Acapulco, y ahora, desde hace más de dos años, está en la arquidiócesis de Morelia.

Su lema episcopal es «Cristo es nuestra paz». Con este lema ha llevado a cabo su misión de ser obispo. Además, en este momento, tiene la encomienda específica que le ha hecho el episcopado de considerar el Plan Nacional de Construcción de Paz, y darle seguimiento a la vinculación con el gobierno federal para poder hacer una colaboración conjunta de éste con la Iglesia católica, en el tema de la paz.

Por Ana Paula Morales

¿A qué cree que se deba que hay tanta violencia en México? ¿Cuál cree que sea su origen?

▶ Bueno, desde la fe, hemos dicho varias veces y lo repetimos: la violencia, la inseguridad y la crueldad que se manifiesta en México es porque las personas se han alejado de Dios. Es notable una ausencia de Dios en la vida de las personas individualmente y en la comunidad del pueblo. Esa ausencia de Dios hace que la persona se vuelva cruel, se vuelva inhumana, y pueda fácilmente matar y no sentir nada.

Por otro lado, es una situación que se va haciendo más cruda, más grave, porque las personas se llenan de enojo y de rabia, las cual hace que las personas crean que se van a sanar vengándose, pero la venganza no sana a las personas.

El que es vengado quiere ser, de alguna manera, vengado y eso provoca un círculo vicioso que hace que la violencia se exacerbe, porque todos piensan que, vengándose, se va a resolver el problema y eso no es verdad.

¿Ha tomado una medida la Iglesia para proteger a sus sacerdotes a raíz del incremento de la violencia contra los católicos?

▶ Lo que la Iglesia realiza, en relación a contrarrestar la violencia, es con la atención a las víctimas de la violencia, haciendo, en la cuestión de paz, un programa de la advocación para la paz, capacitando y formando a los que puedan ser agentes de pastoral
en ese sentido.

Una de esas formas de protocolo de seguridad es llevar un adecuado acompañamiento para poder apoyar y, en un momento dado, que comprendan que pueden llegar a ser víctimas de la violencia pero para eso hay que apoyarles y acompañarles para que, cuando se encuentren en esa circunstancia, no se sientan solos y estén desamparados.

Usted, que está en Michoacán o que ha estado en Guerrero, ¿cómo se vive en el día a día toda esta violencia?

▶ La verdad que yo, en mi experiencia en los dos lugares, puedo decir que en otros lados donde también se ha hecho fama de mucha violencia, la vida cotidiana se mantiene en la misma perspectiva. Sólo cuando suceden hechos impactantes o dramáticos es cuando temporalmente se crean condiciones de mucho miedo y de mucha desconfianza.

¿Cuáles son los principales retos para combatir la violencia y la desigualdad social
en México?

▶ El principal reto es saber acompañar a las víctimas de la violencia. Y dentro del acompañamiento, es ayudarles a reconstruir su persona. Fundamentalmente son aspectos que a toda víctima se busca ayudarle a recuperar. En el sentido de la vida, del propio valor y la capacidad de la relación con el otro. Esos son los aspectos que, de alguna manera, día a día, siempre se busca entender.

Todo ello hace recuperar su seguridad personal y que pueda entrar en un proceso de recuperación dentro del tejido social. Entrar en una dinámica de confianza y de integración a la realización de la vida cotidiana y en una comunidad dentro del tejido social y, de ahí, entonces se puede empezar a hacer un proceso de reconstrucción de las organizaciones y de las instituciones.

¿Cómo se trabaja dentro del plan pastoral para los jóvenes enfocándose en el hecho de la paz?

▶ Es estar cerca de los jóvenes. Damos una alternativa de cómo llevar a cabo formas de estudio y damos una capacitación para el empleo y para el trabajo. De manera que los jóvenes que desean estudiar puedan tener el respaldo de su familia, de la sociedad y de la Iglesia para que puedan continuar sus estudios.

Y los que desean ya no estudiar puedan tener alguna capacitación para poder implementar un trabajo y tengan una seguridad de empleo, que les pueda dar una alternativa de sentido
de vida.

Nosotros, en la Iglesia, vamos implementando los grupos de «jóvenes por la paz», o centros juveniles con enfoque de paz que, más bien, es el modelo de darles atención y acompañamiento a los jóvenes. Siempre se dan las alternativas de estudio y ofreciendo alternativas de trabajo.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 14 de junio de 2019 No.1253