Por P. Fernando Pascual

El maniqueísmo, en una de sus posibles formas, distingue la realidad entre dos principios contrapuestos: el bien y el mal.

El maniqueísmo ideológico lleva a analizar las personas, los grupos sociales, los partidos, las naciones, las religiones, y otras realidades de un modo fuertemente dicotómico.

En esa perspectiva, los seres humanos quedan etiquetados en buenos o malos según entren a formar parte de un bando o de otro.

Unos son declarados buenos, completamente buenos, sin rastros (o casi) de mal. Otros son clasificados como malos, completamente malos, sin rastros (o casi) de bien.

En el siglo XX hubo dos ejemplos tristemente famosos de maniqueísmo ideológico: el marxismo leninismo aplicado en la URSS y en otros lugares, y el nacionalsocialismo hitleriano.

Se podrían poner ejemplos recientes que muestran cómo este fenómeno tiene todavía una larga vida en diferentes ámbitos de nuestra sociedad.

Pongamos dos ejemplos: muchos condenan sistemáticamente acciones de occidentales “blancos”, y guardan un silencio aprobatorio ante acciones de indígenas aislados si matan a algún extranjero que pise sus territorios.

Un segundo ejemplo lleva a algunos a pensar que cualquier propuesta de reformas económicas en sentido liberal va automáticamente contra los derechos de los trabajadores, mientras que cualquier reforma que dé mayor peso al Estado en economía es presentada como socialmente positiva.

La realidad es mucho más rica y compleja. Los análisis maniqueos simplifican, distorsionan, niegan datos desfavorables a la propia ideología y dan un relieve excesivo a los datos favorables.

Pero más allá de maniqueísmos engañosos y de ideologías que condenan en masa a los adversarios, el amor a la verdad y a la justicia lleva a reconocer que en muchos grupos humanos se mezclan el bien y el mal, lo correcto y lo equivocado, lo noble y lo perverso.

No se trata de negar la presencia en el mundo de aspectos positivos y de aspectos negativos. Lo que importa es dar a cada uno lo que le corresponde, sin reduccionismos ideológicos y sin maniqueísmos orientados a condenas sumarias contra algunos seres humanos, cuando en realidad, en la mayoría de los casos, junto a errores y defectos condenables, existen también elementos buenos que merecen ser reconocidos.