Los niños, adolescentes y jóvenes mexicanos de ahora probablemente nunca han escuchado hablar de este célebre sacerdote; pero, para muchos de la anterior generación, que vivían en la calle, significó tener un padre, alguien que se interesara por ellos y los levantara de sus miserias, y que les diera un hogar. De hecho, el padre «Chinchachoma» fue el gran pionero en la atención a los niños de la calle en México.

Su nombre real era Alejandro García Durán Conde de Lara, pero los chicos de la calle lo apodaron «Chinchachoma» (en idioma callejero chin significa «sin», cha significa «cabello», y choma significa «cabeza». Chinchachoma: «sin cabello en la cabeza»).

Nació en Barcelona, España, en 1935. De joven quería ser médico, pero una noche frente al mar, sentado junto a la chica que le gustaba, sintió el llamado de Dios al sacerdocio. «Quisiera hacerme escolapio y ocuparme de los niños pobres», le contó a su hermano Adolfo, también escolapio.

En 1962, después de ordenado presbítero, trabajó en Cataluña en un barrio pobre que era afectado por inundaciones.

Luego fue enviado a Bogotá, Colombia, y finalmente a México cuando tenía 35 años de edad, a fin de trabajar como profesor en las escuelas de los escolapios. Primero estuvo en Tlaxcala, donde fue director de secundaria y subdirector de preparatoria; luego en Veracruz, donde fue párroco, así como director de la Escuela Popular de los Escolapios; y, finalmente, en Puebla, donde también fungió como vicario de una parroquia.

Fue en esta última ciudad donde en 1971 observó una confrontación entre un policía y un niño de la calle que se drogaba; a partir de este suceso decidió dedicar su vida a los niños sin hogar.

Por treinta años los atendió y sacó adelante. Empezó llevándose a vivir con él a un grupo de menores de edad sin hogar, aunque no era un lugar habilitado para el caso, ni contaba con dinero para atenderlos como se debía. Fue por entonces cuando los chicos le dieron el apodo con el que se le conocería.

Ante la incertidumbre, porque su congregación no tenía las condiciones económicas para sostener el proyecto del padre Chinchachoma, sus superiores lo regresaron a España en 1975. Pero él sintió que Dios lo llamaba de vuelta para cuidar de los niños abandonados, así que retornó sin permiso de su congregación. No tenía dinero pero un amigo adinerado iba para México y le pagó el pasaje.

Para entender mejor la situación de los niños, adolescentes y jóvenes de la calle, con frecuencia hundidos en las drogas,se recluyó un año en la correccional de la ciudad de México.

El conocimiento que adquirió de los internos lo llevó a desarrollar un método afectivo-psicológico que él llamaba «parir el yo de la persona», que le daba afecto incondicional al niño o adolescente en situación de calle, y lo hacía reflexionar acerca de su vida y situación personal.

Con base en esto mismo, su sistema de rehabilitación de las drogas consistía en castigarse él mismo cada vez que un menor de edad se drogaba, en vez de castigar al menor de edad, a fin de que el dolor lo «pariera» y se sintiera amado.

Su trabajo llamó mucho la atención y, gracias a ello, a partir de 1979 pudo iniciar el proyecto de los Hogares Providencia gracias a los donativos de mucha gente adinerada, así como del apoyo y el trabajo de muchas otras personas, entre ellas sacerdotes y jóvenes voluntarios.

En estas casas de acogida los «tíos» y las «tías» cuidan a los menores, mientras que «Chinchachoma» era su «papá», su padre espiritual. Miles de menores pasaron por estas casas y se convirtieron en hombres y mujeres de bien.

En cuanto a la congregación de los escolapios, no hubo ruptura con el padre «Chinchachoma»; al contrario,en 1983, precisamente bajo la orientación de este sacerdote, los escolapios agregaron al carisma educativo que les es propio, el de la atención a los desamparados fundando los Hogares Calasanz, con una decena de casas, ubicadas en Puebla, Veracruz, Ciudad de México, Tijuana y Mexicali.

El padre «Chinchachoma» falleció de un infarto el 8 de julio de 1999, estando en Bogotá, Colombia.

LOS HOGARES PROVIDENCIA

El padre «Chinchachoma» realmente sabía lo que era confiarse a la Divina Providencia. Por ejemplo, a veces invitaba a comer a algunos de sus hijos espirituales a algún restaurante sin tener dinero para pagar la cuenta e, invariablemente, a la hora de pedirla, el mesero le avisaba que alguien ya la había pagado; o cuando no había dinero para comer o pagar la nómina en alguna de sus casas-hogar, de pronto hablaba un bienhechor para ofrecer un donativo.

No es extraño, pues, que habiendo iniciado su proyecto en favor de los niños de la calle sin tener un solo peso en el bolsillo, y viendo cómo Dios intervenía ablandando corazones, el sacerdote le pusiera a sus albergues el nombre de Hogares Providencia.

En total él alcanzó a fundar 18 de estos albergues para los «niños de nadie» en diversas partes del país. Luego crecieron a 21, pero, debido a una administración posterior, más de la mitad han tenido que ser cerrados.

TEMA DE LA SEMANA: LA IGLESIA DE LOS POBRES EN MÉXICO

Publicado en la edición impresa de El Observador del 15 de septiembre de 2019 No.1262