Por P. Fernando Pascual

El hombre es feliz cuando alcanza lo que desea, si lo que desea es algo realmente bueno… Por desgracia, también parecen felices los que consiguen cosas malas…

Surgen aquí preguntas a las que debo responder: ¿qué desea mi corazón? ¿Cuál es su anhelo más profundo? ¿Qué busco? Porque mi felicidad depende, en buena parte, de mis deseos.

Puedo descubrir qué deseo, qué amo, si veo cuándo estoy contento, cuándo me siento satisfecho, como también al constatar de dónde surgen mis tristezas.

¿Me alegro cuando llueve, cuando nieva, cuando hace sol? ¿Me entristezco cuando la comida está fría, cuando se estropea el aire acondicionado, cuando se revienta la rueda del coche?

¿O me alegro cuando una persona se confiesa, cuando un protestante regresa a la Iglesia católica, cuando unos esposos se reconcilian? ¿Y me entristezco cuando atacan injustamente al Papa, cuando alguien deja de ir a misa, cuando un matrimonio se divorcia?

Mis tristezas y mis alegrías dependen de la calidad de mi amor. Todos amamos: no podemos no amar. Según ese amor seré feliz o seré desdichado.

Podemos amar los propios zapatos, o la propia imagen en el espejo, o una ciudad, o unas vacaciones, o un aparato electrónico…

O podemos entrar en el mundo del espíritu y amar a Dios y al prójimo, amar a la Iglesia y a quienes la componen, amar a mi familia y a mis vecinos…

Necesito encontrar amores que valgan la pena, que tengan consistencia, que me conduzcan a buenas alegrías y a tristezas solidarias.

Para encontrar esos amor cuento con la ayuda de Dios, que nos enseña en las Escrituras que su Hijo vino al mundo para ayudarnos a amar a quien nos amó primero y a nuestro prójimo (cf. San Agustín, “La catequesis de los principiantes” 3,6-4,8).

Solo si llegamos a amar como el Señor nos pide, solo si quitamos el egoísmo y nos dejamos curar, empezaremos a ser realmente felices. Porque Dios mismo nos ayudará a conseguir lo que amamos. Y nos animará a ayudar a otros a encontrar ese amor bueno que tanto necesitan nuestros corazones.