Por Rebeca Reynaud

¿Qué deseo en lo más profundo de mi ser? ¿Qué busco que satisfaga mi espíritu? Todos estaríamos de acuerdo en que queremos ser felices. ¿Y, dónde está la felicidad? Allí es donde no coincidimos. Nosotros podemos sentir nostalgia de “algo” impreciso, y en el fondo queremos la Verdad, la Bondad, el Amor infinitos. Queremos una patria definitiva. Somos terrenos, pero anhelamos lo eterno.

Podemos gozar de bienes humanos que nos perfeccionan. ¿Cómo cuáles? Como la amistad, los libros, los deportes, etc. Pero vemos que la felicidad está siempre atravesada por una sombra. No sólo porque nos acostumbramos a las cosas buenas sino porque nuestro ser pide más, más, más, y es que nada es capaz de llenarnos, nada colma el anhelo de felicidad. Y además los bienes creados son pasajeros. Estoy disfrutando una bebida y… ¡ya se acabó!

Nuestra dimensión espiritual nos hace capaces de ir más allá de las realidades concretas. Un estudiante universitario decía: “Me bastan las realidades terrenas para ser feliz”. ¿Qué pasaba con ese muchacho? Puede pasar unos cuantos años viviendo extasiado con esos placeres, pero tarde o temprano sentirá la vaciedad de vida porque no hay nada creado que nos sacie por completo.

El mundo es pasajero, y nosotros mismos lo somos y también el entorno que nos rodea. Todo en este mundo es caduco. Nos gustaría que no pasaran ciertas situaciones y ciertas personas que amamos, y es que, en el fondo tenemos deseos de salvación, de vivir felices para siempre.

La experiencia indica que la felicidad en este mundo no es completa. Este deseo de felicidad es un “indicador” de Dios. Somos terrenos, pero anhelamos lo eterno. El hombre es un ser naturalmente religioso.

El conocimiento racional de Dios 

El conocimiento de Dios es accesible al sentido común, es decir, al pensamiento filosófico espontáneo. El hombre se maravilla ante la belleza y el orden de la naturaleza porque en ella hay huellas de Dios. El deseo de Dios está inscrito en la naturaleza del hombre y Dios no cesa de atraer al hombre a sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar (cfr. CEC, n. 27). No tiene sentido que el hombre tenga un deseo de felicidad si no hay un Dios que se la proporcione.

Hay que conocer las cinco vías tomistas de acceso a Dios. Están a la mano en los libros y en el internet.

Características de las personas actuales respecto a lo trascendente 

El intento de excluir a Dios de la cultura y de la vida social es un fenómeno relativamente reciente, limitados a algunas áreas del mundo occidental. En otras épocas bastaba dejarse llevar para ser católico, hoy, basta dejarse llevar para dejar de serlo. ¿Y esto, por qué? Por la mentalidad materialista que busca lo más confortable y pasajero. Otras características de nuestra época es el culto de la novedad y del progreso, el deseo de compartir emociones fuertes, el predominio de la tecnología, etc.

Dios responde a las preguntas últimas que los hombres nos hacemos: el sentido de la vida, del destino final, del dolor, del amor, etc. La ciencia no responde a preguntas de este nivel. 

Si una persona admite sólo relaciones que proporcionen placer y diversión, una relación seria con Dios va a ser molesta porque Dios pide sujeción a sus preceptos

Estamos entre el vértigo y el éxtasis. Enamorarse de la propia figura es vértigo; recogerse es éxtasis. Hay muchos modos de fascinación que producen vértigo. Hay muchos modos de creatividad o de éxtasis. Para saber más sobre éxtasis y vértigo, consultar libro de Alfonso López Quintás, Vértigo y éxtasis, disponible en internet de modo gratuito.

La historia del hijo pródigo, que viene en el Evangelio de San Lucas, explica cómo superar una seducción.

Ante una sociedad así, el cristiano sólo será convincente con el testimonio de su propia vida.

 

Imagen de Joseph Hernández en Cathopic


 

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