Por Tomás de Híjar Ornelas

La Iglesia tiene una voz para demandar, pero siento que a veces es muy tibia: Francisco Toledo

El 5 de septiembre, a la edad de 79 años, dejó de existir en la ciudad de Oaxaca, por causas naturales, el artista plástico vivo contemporáneo más importante de México, Francisco Toledo, que es como decir a quien mejor se le pagaba, en dólares, por su trabajo.

Sin embargo -y eso en él fue una virtud de la que no pudo presumir su amigo Carlos Monsivais como una disciplina- quiso vivir como el más pobre de los mortales, gracias a lo cual fue también el más libre, pues nadie ha desdeñado mejor al capitalismo y sus excesos con tal de paladear hasta el final de sus días el gozo de pertenecer al pueblo y ser gente de a pie.

Entre nosotros no ha sido el suyo un caso único pero sí rarísimo, pues tenemos el de un gran pintor, el zacatecano Francisco Goitia (1882 -1960), que habiendo alcanzado, a la edad de 40 años, la cúspide de su carrera y sin dejar su oficio, se hizo anacoreta, dándole así la espalda a la vida opulenta y a las pasarelas que sus contemporáneos, como Diego Rivera al frente, no desdeñaron, ya que encendiéndole una veladora a Dios y otra al diablo disfrutaron de los beneficios del capitalismo al que en sus obras criticaban de forma ácida.

Pero mientras que Goitia, zacatecano de cuna que se formó en México y Europa antes de convertirse en el único morador de una choza que confeccionó él mismo en un suburbio degradado de la capital del país, Toledo, que nació en ella y también pasó una larga estancia en Europa, regresó a la matria de sus ancestros, Oaxaca, para beneficio de sus coterráneos, a los que favoreció cuanto pudo y de forma por demás ejemplar, pues para él esquivar el protagonismo y vestir, comer y vivir como un pobre excluido, no fue una pose sino una manera congruente de tomar de sus copiosos ingresos nada más lo indispensable para su sustento, dedicando lo demás a sostener proyectos medioambientales, sociales y culturales de largo aliento: bibliotecas, escuelas y museos, como el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo o la restauración del convento agustino de Etla, donde fundó el Centro de las Artes San Agustín en el que muchos jóvenes se han formado en la creación y experimentación artística, incluyendo la fabricación de papel orgánico y la producción de hilados. También creó el Patronato para la Defensa y Conservación del Patrimonio Cultural y Natural de Oaxaca (Pro-Oax).

Ácido y corrosivo sin amargura, alguna vez pagó sus impuestos mediante el programa Pago en Especie, entregando a la Secretaria de Hacienda y Crédito Público 27 cuadernos con mil 745 dibujos en tinta, gouache y acuarela, producidos por él durante su segunda estadía en París, de 1985 a 1987, a los que bautizó, por el tema abordado en ellos, como «Los cuadernos de la mierda».

El caso de Toledo, que antes de morir ya había donado su caudal a obras sociales, dista mucho del de su paisano Benito Juárez según las cuentas de uno de los analistas políticos más serios de México, Pablo Majluf, que en su reciente ensayo Juárez no era austero, informa que al tiempo de su deceso el que también murió intestado dejó a sus herederos en bienes raíces, objetos sutuarios, metales y piedras preciosas, una fortuna que según el avalúo que entonces se hizo sumó 151 233 pesos de la época, es decir, 64 millones de los nuestros, o sea, tres millones doscientos mil dólares. Un polvo para lo que nuestros corruptos se han embolsado pero nada austero para las circunstancias de su tiempo y la fama de virtud que sus corifeos le han endilgado.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 15 de septiembre de 2019 No.1262