En 1381, en un pueblecito perteneciente a Casia, Italia, a los esposos Antonio Lotti y Amata Ferri, fervorosos cristianos, les nació su única hija. La bautizaron con el nombre de Rita y le enseñaron a amar a Dios y a llevar una vida muy virtuosa. Santa Rita dedicaba mucho tiempo a la oración, hacía penitencias y daba catequesis a niñas.

Luego contrajo matrimonio con Pablo Fernando Mancini, perteneciente a la nobleza de Casia y cuya familia peleaba a muerte contra otra por el poder de la región, exactamente como hoy hacen los cárteles del crimen organizado.

El clan de los Mancini había tornado a Pablo en un hombre de carácter feroz y sin temor de Dios. Cometió varios asesinatos, provocando grandes sufrimientos a santa Rita de Casia; pero ella, con mucha paciencia, mucha oración y mucho amor fue logrando cambiar a su marido, a tal grado que éste se acercó a la fe, su carácter se volvió más pacífico y respetuoso, y decidió que ya no volvería asesinar a nadie, ni siquiera a los adversarios de los Mancini. Así que se fue con su esposa a vivir al campo.

A Rita y Paulo les nacieron dos hijos, mellizos, a los que bautizaron como Juan Tiago y Pablo María. Fueron una familia feliz y cristiana. Desgraciadamente, después de 18 años de matrimonio, los odios que Pablo Fernando había cultivado en sus tiempos de crimen, ocasionó que lo asesinaran en venganza.

Ante esta muerte, tan dolorosa como inesperada, santa Rita no se abandonó al dolor, sino que incluso perdonó a los asesinos y oró por ellos. Dios le regaló entonces la revelación de que su marido, a pesar de esa muerte repentina, se había salvado.

Pero los sufrimientos de santa Rita no acabaron ahí porque sus hijos, que habían heredado el carácter violento de los Mancini, tomaron la decisión de vengar la muerte de su padre; y aunque ella les hizo ver que haciendo eso ofendían a Dios y podían condenarse, los mellizos no abandonaron la idea de matar, dejaron a su madre y se fueron con su clan.

Entonces santa Rita de Casia oró a Dios por sus hijos para que desistieran; pero como esto no ocurrió, hizo entonces la oración más difícil de todas: pidió al Señor que se los llevara antes de que cometieran su crimen y se perdieran sus almas.

Y Dios escuchó: poco después, al llegar una epidemia a la región, permitió que ambos mellizos enfermaran. En su lecho de muerte se arrepintieron y convirtieron, pidieron perdón a su madre y entregaron sus almas al Señor.

Sin familia alguna, se dedicó por completo a la oración y a las obras de caridad. Después fue llamada por Cristo a la vida religiosa, y en el convento le dio uno de los estigmas de su corona de espinas. Tras morir, el cuerpo de ella quedó incorrupto. Es modelo cristiano para todas las esposas y madres, santa patrona de las amas de casa y también de las causas imposibles.

D. R. G. B.

TEMA DE LA SEMANA: CUANDO HAY QUE ORAR POR LOS HIJOS

Publicado en la edición impresa de El Observador del 25 de agosto de 2019 No.1259