Por David Ugalde, msp

En el salmo 8 leemos: “¿Qué es el ser humano? …lo hiciste casi como un dios, lo rodeaste de honor y dignidad.” (vv 4-5). Y así en toda la escritura y la enseñanza católica se afirma que el ser humano no es fruto de una producción en serie, sino único e irrepetible y amado por Dios de forma individual: “Antes de darte la vida, ya te había yo escogido.” (Jr 1, 5).

Aceptar la individualidad de cada ser humano es asumir una visión de respeto por cada persona, porque aunque tenemos necesidades y realidades distintas, el común denominador es nuestra condición de persona y de hijos de Dios.

Ya hace unos tres siglos se gestó un sistema socioeconómico que se ha denominado socialismo. Se basa en la filosofía de Hegel (1770-1891) que es aplicada en la economía y la política por el sociólogo Karl Marx (1818-1883). En la que las personas no son más que partes de un todo llamado sociedad. Es decir, no son individuos dignos y únicos.

Es decir, para este sistema, el ser humano no tiene una dignidad particular e independiente de los tiempos, y las necesidades de cada sociedad, sino que “la misma concepción del hombre cambia con los cambios que sobrevienen en sus condiciones de existencia, en sus relaciones sociales, en su vida social.” (Marx, “El Capital”)

Los graves peligros de este sistema los advirtió el Papa San Juan Pablo II: “…el error fundamental del socialismo es de carácter antropológico. Efectivamente, considera a todo hombre como un simple elemento y una molécula del organismo social, de manera que el bien del individuo se subordina al funcionamiento del mecanismo económico-social. Por otra parte, considera que este mismo bien puede ser alcanzado al margen de su opción autónoma, de su responsabilidad asumida, única y exclusiva, ante el bien o el mal.” (Centessimus Annus 13).

Entonces esto implica que:

  1. No es responsable de su vida moral, porque no es completamente libre. Sino que depende del engranaje social.
  2. Como depende de la “maquina social” no puede tener nada que sea “suyo”; es decir, le queda eliminado el derecho a la propiedad privada.
  3. Su dignidad, sus valores y los parámetros de su conducta moral dependen del interés de la sociedad y no de su naturaleza.

En fin, la persona se ve empobrecida porque no se le considera libre ni responsable. Cabe señalar, que en los lugares donde se ha aplicado este sistema, prevalece el paternalismo del gobierno, mediante el que el gobierno se asume como el papa, que debe dar a sus hijos (gobernados), todo lo que ellos son incapaces de tener. Provocando un sometimiento tal que impide a las personas desarrollarse libre e integralmente.

Un cristiano no puede apoyar semejante postura, primero, porque el socialismo es, desde su base teórica, ateísmo práctico y militante.  Es decir, al descartar la idea de Dios, se opone a toda realidad trascendente de la vida humana. Por lo que hablar de dignidad y valores universales es incompatible.

Segundo porque, crea una dependencia insana de la persona para con el estado. Tercero, porque la propuesta marxista de la lucha de clases coloca a las personas siempre en una guerra entre ricos y pobres, patrones y trabajadores, que priva al hombre de una visión de solidaridad, subsidiariedad y búsqueda del bien común.

Finalmente, ha sido un sistema que se impone violentando las garantías individuales de muchas naciones. Hay que decir que ha sido el origen de muchas guerras, dos de ellas, mundiales.

Es importante conocer los sistemas en los que la historia humana se desarrolla, ante todo para no contribuir con nuestra pasividad o indiferencia a la destrucción de la familia, la sociedad y en general, del hombre mismo.

Que no sean las palabras bellas de un candidato o las soluciones fáciles las que determinen nuestra elección política y nuestra escala de valores. Sino la asimilación de los valores del Evangelio que nos hacen mejores mujeres y mejores hombres.