Por P. Fernando Pascual

Tres personas están reunidas para ver cómo distribuyen los muebles en la oficina. Llegan a un acuerdo. Se marcha una de esas personas. Otra comenta: hace dos años quien acaba de irse pedía todo lo contrario y provocó un sinfín de problemas.

Lo anterior ocurre de muchas formas y en contextos familiares, de trabajo o de otro tipo. En el fondo, se trata de indicar a otros hechos del pasado en un tono de reproche y de queja respecto de personas concretas.

Los reproches sobre el pasado pueden tener diversas causas. Una, la más sencilla, consiste en el resentimiento. Alguien hizo algo que disgustó a otros, y las personas disgustadas aprovechan una ocasión para recordar aquello que provocó cierto daño o que suscitó un conflicto más o menos serio.

Otras veces esos reproches apuntan a acusar a otros de incoherencia. Por ejemplo, cuando una persona hace varios años se quejaba de la falta de luz en una habitación, y años después le parece excesiva la que hay (y resulta que nadie ha cambiado las lámparas de ese lugar…).

Sean cuales sean las causas de los reproches sobre el pasado, pueden ser dañinos cuando provocan en quienes los escuchan cierta desconfianza respecto de una persona por algo que ocurrió hace tiempo. Esa desconfianza hiere las relaciones y provoca prejuicios que a veces duran años y años.

Por eso, antes de comentar lo que en el pasado hizo o dijo otra persona, hemos de preguntarnos si vale la pena externar eso, o si no sería mejor guardarlo en la memoria y dejar que los hechos sigan su curso sin interferencias.

Ciertamente, hay ocasiones en las que resulta no solo bueno, sino incluso obligado, avisar que esa persona que parece tan cariñosa más de una vez ha traicionado a otros por la espalda.

Pero también existen casos en los que una persona ha podido superar un defecto de su pasado y merece, ahora, apoyo y espacio para reconstruir su vida y entrar en el mundo de las relaciones humanas sin que otros recuerden continuamente errores que han quedado atrás.